El IPC de enero 2026 publicado por el INDEC confirma que la inflación mensual no logró perforar el 2% (variación mensual). El dato importa menos por el número puntual que por lo que sugiere: el proceso desinflacionario entra en una fase donde la inercia, los precios regulados y la coordinación de expectativas pesan más que el arrastre estadístico. En otras palabras, bajar “un escalón” adicional requiere política económica más fina y señales más consistentes.

Para ponerlo en contexto, la serie de 2025 muestra que la inflación mensual tuvo un piso en mayo (1,5% mensual) y junio (1,6% mensual), pero volvió a moverse en la zona de 1,9%-2,8% en el segundo semestre. Según el INDEC, diciembre 2025 fue 2,8% mensual, y el promedio simple del segundo semestre 2025 se ubicó cerca de 2,25% mensual (julio-diciembre). Frente a ese antecedente, enero 2026 arriba de 2% no es una sorpresa, pero sí una señal de que sostener tasas mensuales debajo de 2% de forma persistente no se logra solo con “continuidad”, sino con un set de anclas creíble.

Qué nos dice el umbral del 2%

La discusión sobre “perforar el 2%” no es caprichosa. En economías con inflación alta, el umbral funciona como coordenada de expectativas: por debajo de ese nivel, empresas y hogares tienden a reconfigurar decisiones de precios, contratos y plazos. Pero también es un nivel donde se vuelve más visible el impacto de ajustes en regulados, estacionalidad y shocks micro (alimentos, educación, turismo), que pueden dominar el titular incluso si la tendencia núcleo mejora.

En 2025 vimos un patrón compatible con esto: tras el 1,5% mensual de mayo (según INDEC), la inflación no consolidó un sendero descendente, sino que osciló alrededor de 2%. La lectura para 2026 es que el desafío ya no es “bajar rápido” sino “bajar sin volver a acelerar”, y eso exige coordinación entre política monetaria, dinámica salarial y administración de precios regulados.

El rol de expectativas y la coordinación macro

La inflación mensual es, en buena medida, un fenómeno de coordinación. Si los agentes esperan que el tipo de cambio oficial, las tarifas o los costos laborales se ajusten en determinada magnitud, tienden a adelantar remarcaciones o a acortar plazos de listas. Por eso, además del dato del INDEC, conviene mirar qué anticipa el mercado.

De acuerdo al Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) del BCRA, las expectativas suelen reaccionar a tres señales: consistencia fiscal, régimen monetario y reglas cambiarias. No contamos aquí con el número puntual del REM para enero 2026 (no está disponible en la fuente provista), pero el punto analítico es que, sin una narrativa consistente entre esas tres dimensiones, el IPC puede quedar “pegado” en un rango.

En esta etapa, la credibilidad no se juega solo en el nivel de tasas o agregados, sino en la coherencia: si se busca desinflar, la trayectoria del tipo de cambio oficial y la administración de regulados deben ser compatibles con la meta implícita, evitando saltos que reindexen contratos. Al mismo tiempo, una desinflación que se apoye en atraso de precios relativos suele acumular tensiones y termina corrigiendo con más inflación más adelante.

Comparación temporal: enero 2026 vs. el patrón de 2025

La comparación temporal ayuda a dimensionar el presente. Según INDEC, marzo 2025 registró 3,7% mensual, mientras que el tramo mayo-julio 2025 se ubicó entre 1,5% y 1,9% mensual. El cierre de 2025, en cambio, se movió al alza: octubre 2,3% mensual, noviembre 2,5% mensual y diciembre 2,8% mensual (INDEC). En ese marco, un enero 2026 por encima de 2% luce más alineado con el último trimestre de 2025 que con el piso de mitad de año.

Esto no implica que la tendencia esté perdida, pero sí que la economía convive con un “piso” de inflación mensual que responde a indexación, recomposición de precios relativos y expectativas. Para quebrar ese piso, suele ser necesario o bien un shock de coordinación (programa integral creíble) o bien un período prolongado de estabilidad macro que permita reanclar conductas.

IPC: actualización sí, pero con empalmes y comunicación

En paralelo, vuelve a aparecer el debate sobre la medición. Sostenemos que actualizar el IPC es deseable para reflejar patrones de consumo más actuales, pero únicamente con empalmes y comunicación robusta para que el cambio metodológico no distorsione la lectura de la tendencia inflacionaria. Un cambio de canasta o ponderaciones puede mover el índice aun si los precios subyacentes no cambiaron, y eso puede complicar la coordinación de expectativas si no se explica con precisión.

La referencia internacional es clara: cuando los institutos estadísticos actualizan metodologías, suelen publicar series empalmadas y documentación detallada para que analistas y formadores de precios distingan “efecto método” de “efecto precios”. En Argentina, donde la nominalidad sigue alta, ese cuidado es todavía más relevante.

Mirada global: el contexto externo ayuda, pero no reemplaza el ancla doméstica

Desde una perspectiva internacional, un mundo con inflación más contenida y sin shocks fuertes de commodities puede ayudar a la desinflación local, especialmente en bienes transables. Pero el ancla doméstica sigue siendo decisiva: si la economía mantiene brechas, incertidumbre regulatoria o dudas sobre la consistencia intertemporal, la inflación de servicios y la indexación contractual tienden a sostener el piso.

También conviene evitar lecturas lineales: incluso con un contexto externo benigno, la estacionalidad (turismo, educación, alimentos) y la recomposición de precios regulados pueden dominar el dato mensual. Por eso, más que obsesionarnos con un mes, importa la señal de política que permita que varios meses consecutivos se ubiquen por debajo del umbral.

Perspectiva: qué mirar en los próximos meses

Hacia adelante, vemos tres variables a monitorear para evaluar si enero fue un “bache” o una señal de estancamiento en el proceso desinflacionario. Primero, la trayectoria de regulados y su consistencia con el resto del programa, para evitar que correcciones concentradas reindexen. Segundo, la coordinación salarial: acuerdos que miren inflación pasada tienden a endurecer la inercia, mientras que esquemas con cláusulas claras y horizontes más largos ayudan a desindexar. Tercero, la señal monetaria y cambiaria, porque la nominalidad baja requiere un marco donde el tipo de cambio y la liquidez no sorprendan.

El dato de enero no clausura el proceso, pero sí redefine el desafío: perforar el 2% mensual no es un premio simbólico, sino una prueba de coordinación macro. Y esa coordinación, en Argentina, se construye con consistencia y comunicación, tanto en la política económica como en la estadística oficial.

Firma: Mirada Global