La afirmación sorprende: “si fuera un país, sería el cuarto más contaminante” (Prensa Mercosur, 10/2/2026). Traducido: el uso global de internet —centros de datos, redes y dispositivos— tiene una huella de emisiones relevante. Eso no es nuevo, pero sí es importante matizar qué se mide, cómo y qué se puede hacer con ese dato.

¿Qué dicen las cifras y de dónde vienen?

Primero, la fuente citada en la nota plantea una comparación llamativa pero no detalla metodología (Prensa Mercosur, 10/2/2026). Eso obliga a mirar estudios técnicos. Los centros de datos por sí solos representaban cerca del 1% del consumo eléctrico global en informes recientes (IEA, 2022). Por otra parte, trabajos académicos han estimado que la industria de tecnologías de la información y la comunicación (ICT), incluyendo dispositivos, redes y centros, aporta entre alrededor de 2% y 4% de las emisiones globales de efecto invernadero según la metodología usada (Belkhir & Elmeligi, 2018; Masanet et al., 2020). Para ponerlo en contexto, las emisiones anuales globales por combustibles fósiles rondan las decenas de gigatoneladas de CO2; distintas series sitúan el total anual en torno a 35–37 GtCO2 en los últimos años (Our World in Data / Global Carbon Project).

Es decir: no es absurdo comparar la “huella digital” con la de un país grande, pero la posición exacta en un ranking depende de qué componentes se incluyen —producción de dispositivos, uso operativo, transmisión de datos, reciclado— y de si se calculan emisiones directas o ciclo de vida completo.

¿Por qué crece la huella digital?

Vemos tres motores claros: primero, el aumento masivo de video en streaming y entretenimiento que demanda ancho de banda; segundo, la migración a la nube y al procesamiento intensivo (incluyendo modelos de IA) que intensifican uso de centros de datos; tercero, la obsolescencia rápida de dispositivos que multiplica la huella del ciclo de vida.

Cada uno tiene implicaciones distintas: el streaming empuja capacidad de red; la IA exige cómputo especializado y energía punta; la renovación de teléfonos y computadoras significa emisiones en la producción y en el transporte.

¿Qué significa esto para el bolsillo y para los comercios?

Para tu bolsillo: el impacto directo es difuso. No veremos una factura de internet que diga “impuesto ambiental del streaming” (salvo que políticas lo establezcan). Pero sí puede afectar el precio de la energía si la demanda eléctrica crece sin más oferta, y en países con mercados energéticos frágiles eso termina trasladándose a tarifas. Para el comerciante, especialmente los que dependen de servicios digitales y logística, la transición implica invertir en eficiencia y en contratos de proveedores que usen energía renovable; esas inversiones afectan costos y precios a corto plazo, pero pueden reducir volatilidad a mediano.

¿Qué se puede hacer? Medidas concretas

  • Eficiencia: migrar a servidores más eficientes, optimizar software y codificación de video reduce demanda eléctrica por unidad de servicio (fuentes técnicas: IEA, estudios académicos).
  • Renovables: incentivar que centros de datos y redes se alimenten con energía renovable mediante certificados de origen y contratos a largo plazo.
  • Economía circular: alargar la vida útil de dispositivos y mejorar el reciclado reduce emisiones de la fase de producción.
  • Regulación y transparencia: estándares de medición (alcances 1/2/3) y reportes obligatorios permiten comparar manzanas con manzanas.

Estas medidas requieren inversión pública y privada. Aquí entra un punto recurrente: sin un ancla macro creíble y acumulación de reservas por flujo, la capacidad del país para financiar infraestructura energética y tecnológica será limitada. Si pensamos en escalas mayores —redes de energía renovable, cableado y centros de datos verdes— hacen falta señales de política clara y recursos fiscales o reservas para apalancar inversión.

Dudas y límites de las comparaciones

Un último punto: medir la huella del “internet” es complejo. ¿Asignamos todas las emisiones de un centro de datos a los usuarios que alojan servicios? ¿Contamos la fabricación de cada teléfono? Diferentes supuestos producen rankings distintos. Por eso, la frase “cuarto más contaminante” funciona como alarma, no como diagnóstico final.

Conclusión

El internet consume energía y emite gases; hay consenso en que la magnitud es significativa y creciente, pero la cuantificación exacta depende de las metodologías. La respuesta no es apagar servidores sino mejorar eficiencia, fuente de energía y regulación. Para financiar la transición a una red digital menos contaminante hacen falta políticas coherentes y estabilidad macro que faciliten inversión en renovables y eficiencia.

Franco Pellegrini

Fuentes: Prensa Mercosur (10/2/2026); IEA (2022) sobre consumo eléctrico de centros de datos; Belkhir & Elmeligi (2018) y Masanet et al. (2020) sobre emisiones del sector ICT; Our World in Data / Global Carbon Project sobre emisiones globales.