Adolfo Aristarain murió a los 82 años; su carrera incluye once películas y una miniserie, y su última película, Roma, se estrenó hace 22 años (según La Nación). Este dato —edad, volumen y distancia temporal respecto a su último film— resume el acto: se apaga una voz que combinó cine de género y cine de ideas, y deja un archivo incompleto y preguntas sobre quién y cómo custodiará lo que queda.

¿Por qué importa Aristarain hoy?

Lo que importa no es solo que Aristarain firmó títulos memorables: importan las formas con que los articuló. Debutó como director en 1978 con La parte del león (según La Nación) y, entre ese debut y Roma (2004), transcurrieron 26 años; en ese período realizó 11 títulos, un promedio aproximado de 2,36 años por película (cálculo propio sobre datos de La Nación). Ese ritmo cuenta algo: no fue un productor masivo, sino un artesano que alternó encargos comerciales con películas que buscaron interrogar la realidad. Vemos una trayectoria de desequilibrios: éxitos de crítica y festivales junto a producciones populares encargadas por grandes productoras. Esa tensión —género y autoría— es hoy una lección sobre cómo puede sostenerse una carrera en un cine nacional siempre a merced de financiamientos y censuras.

El policial como forma de memoria

El policial no fue en Aristarain un ornamento, sino una caja para pensar poder y violencia. Tiempo de revancha y Últimos días de la víctima mezclaron intriga y alegoría sobre desaparecidos y la corrupción del poder, y obtuvieron reconocimiento en festivales: Tiempo de revancha ganó el primer premio del Festival de La Habana y el Gran Premio de las Américas del Festival de Montreal; Últimos días de la víctima fue premiada en Huelva (según La Nación). Además, su colaboración con Federico Luppi lo convirtió en director de actor: Luppi fue su alter ego en siete trabajos (según La Nación). Ese uso del policial como clínica social es lo que distingue su cine frente a otros autores de su generación: no acecha al género para parodiarlo, lo utiliza como lupa para mostrar estructuras. En contextos de censura, esa estrategia permitió que mensajes incómodos circularan.

¿Cómo cuidar su legado y por qué exigimos transparencia?

Aristarain dejó guiones sin filmar y materiales que, como cualquier patrimonio cultural, corren riesgo de dispersión u opacidad. La noticia recuerda que recibió la Medalla de Oro de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de España en septiembre de 2024 (según La Nación) y que su obra sigue generando preguntas institucionales. Lo que nadie cuenta es que sin inventarios claros y datos abiertos los archivos quedan inaccesibles para investigadores, restauradores y el público. Exigimos que las instituciones —museos, archivos privados y organismos públicos como INCAA— publiquen inventarios, protocolos de conservación y planes de digitalización, con metas temporales y jurisdiccionales. Pedimos además que se haga público qué guiones existen, quién custodia originales y copias, y bajo qué condiciones se podrá acceder a ellos. No es tecnicismo: es la diferencia entre un autor que desaparece como referencia y otro cuyo trabajo alimenta cursos, restauraciones y nuevas versiones. Aristarain no merece el borroneo del expediente. Vemos, de su trayectoria, una lección final: la obra se defiende con memoria y con datos.

Camila Goldberg