Lo que se sabe hasta ahora: Jorge Argüello presenta Efecto Mariposa y plantea que «la posibilidad de prever el escenario global está rota», señalando la pérdida de eficacia de instituciones como la Asamblea General de la ONU, que reúne a 193 países (según La Nación).
¿Qué dice Argüello y por qué importa?
Argüello parte de una premisa clara: el sistema de reglas construido después de 1945 se está descomponiendo. En su libro repite que las instituciones surgidas tras la Segunda Guerra Mundial dejaron una gramática que ahora parece insuficiente para contener conflictos como la guerra en Ucrania o la ocupación en Gaza (mencionados en la entrevista en La Nación).
Vemos cifras concretas en su diagnóstico: 1945 como punto de partida y la referencia a la Asamblea General con 193 miembros, lo que sirve para comparar el pasado con el presente. Desde 1945 hasta 2026 han pasado 81 años, y para Argüello eso no solo es historia: es el marco que se quiebra. También recuerda su propia trayectoria: fue representante argentino ante la ONU entre 2007 y 2011 (según La Nación), lo que le da contexto a su crítica sobre la incapacidad actual del organismo.
¿Cómo impacta esto en la Argentina?
Para la Argentina, el asunto no es abstracto. Argüello denuncia un alineamiento unilateral con Estados Unidos e Israel que se refleja en votaciones concretas. Un ejemplo reciente citado por La Nación: en la votación sobre los 400 años del comercio de personas, hubo tres votos en contra —Estados Unidos, Israel y la Argentina— una decisión que el exembajador interpreta como alejamiento de nuestra tradición diplomática.
Ese hecho tiene efectos prácticos: reduce el espacio de maniobra internacional y pone a la política exterior en función de prioridades ajenas. Además, la filtración sobre la postura estadounidense respecto del reclamo por Malvinas, que Argüello leyó como «una pulseada de otros donde nosotros somos usados», es un recordatorio de que la geopolítica contemporánea puede instrumentalizar estados medianos.
¿Qué pasa con las instituciones multilaterales?
Argüello apunta a la impotencia del Consejo de Seguridad y a la pérdida de efectividad de la OMC para hacer cumplir fallos frente a decisiones soberanas de grandes potencias, un diagnóstico que ejemplifica con decisiones recientes en Washington, según La Nación. Esta percepción no es solo retórica: la Asamblea General, antes eje central, hoy rara vez genera resoluciones con consecuencias prácticas globales.
Observamos además una paradoja en el reordenamiento del poder: países derrotados en 1945, como Alemania y Japón, están acelerando procesos de rearme, un dato que Argüello destaca para subrayar cambios estructurales. En ese marco, China aparece como el actor que promueve mantener vigencia de organismos multilaterales, mientras Estados Unidos exhibe una conducta más disruptiva, según la entrevista en La Nación.
¿Qué puede y debería hacer la Argentina ahora?
Argüello propone multiplicar vínculos y no reducir la política exterior a agendas externas. Esa recomendación tiene implicaciones prácticas: recuperar votaciones que históricamente acompañaron la postura multilateral argentina y ampliar interlocuciones en África, Asia y la propia región. La advertencia se ancla en datos: en la carrera para la secretaría general de la ONU había cuatro candidaturas, de las cuales tres procedían de Latinoamérica —Michelle Bachelet, Rebeca Grynspan y Rafael Grossi— y Argüello considera a Grossi como el mejor posicionado hoy (según La Nación).
Desde nuestra perspectiva, conviene tomar la observación de Argüello con prudencia informativa: informar los hechos que La Nación consigna y evitar especulaciones sobre intenciones o conspiraciones. A nivel práctico, la recomendación es clara y replicable: diversificar la diplomacia, reclamar reformas reales en foros multilaterales y cuidar que la Argentina no se convierta en instrumento de tensiones entre potencias.
Sofía Santamarina