Noel Barrionuevo cuenta en su libro que convivió durante casi diez años con transtornos de la conducta alimentaria y hoy declara que ‘mi mayor medalla fue haberme curado’ (La Nación, 20/4/2026). Esta nota mira esa confesión deportiva en tres claves: el relato íntimo, la tensión entre alto rendimiento y vulnerabilidad, y qué pedimos a las instituciones para que historias como esta no sean la excepción.

¿Qué contó Noel y por qué importa?

Noel relata un proceso largo y fragmentado: casi 10 años de tratamiento y altibajos hasta la recuperación, según la entrevista y el libro cubiertos por La Nación (20/4/2026). En términos deportivos, su carrera también da números contundentes: 345 partidos oficiales con la camiseta argentina y 112 goles, además de tres medallas olímpicas, que conviven en el mismo relato con hospitalizaciones de día y terapia grupal (La Nación, 20/4/2026). El detalle que lo cambia todo es la doble vida que describe: la exposición de los podios frente a la privacidad de las sesiones de tratamiento. Observamos que esas tensiones no son anécdota individual sino un espejo de cómo estructuramos el acompañamiento en el deporte de alto rendimiento.

¿El deporte protege o expone?

La narrativa de Noel es ambivalente: dice que el hockey la salvó y que a la vez la sometió a tensiones corporales y de imagen que alimentaron la patología. Ella remarca que estuvo en tratamiento en forma ambulatoria mientras viajaba con la selección, y que a veces pensó en abandonar tanto el tratamiento como el deporte (La Nación, 20/4/2026). Fue pública su decisión de dar voz a su historia tres años después de haber empezado a hablar del tema por primera vez, y esa línea temporal —hacer público el problema y luego publicarlo en un libro— muestra dos cosas: cuánto cuesta romper el silencio y cuánto peso tiene la visibilidad en la recuperación. Observamos aquí una paradoja recurrente en el deporte: la estructura colectiva del equipo puede proteger, pero las exigencias sobre el cuerpo y la imagen pueden agravar condiciones existentes.

¿Qué implica para las políticas de salud y el deporte?

Desde la perspectiva pública, lo urgente no es solo la empatía con la historia de Noel, sino diseñar protocolos y datos que permitan intervenir antes y mejor. La Ley Nacional de Salud Mental (Ley 26.657) fue sancionada en 2010 y sigue siendo marco, pero necesitamos protocolos concretos y registros reproducibles aplicados a entornos deportivos para medir impacto y eficacia, tal como pedimos en notas anteriores sobre acompañamiento en salud mental. Reclamamos que federaciones, clubes y ministerios publiquen lineamientos claros sobre detección precoz, rutas de derivación y seguimiento, además de indicadores básicos —número de deportistas acompañados, tasas de intervención, plazos de derivación— para evaluar resultados. Para articularlo proponemos que esas métricas sean públicas y auditablemente reproducibles; solo así podremos comparar periodos y mejorar prácticas.

En definitiva, la confesión de Noel es un llamado: visibilizar no alcanza si no va acompañada de datos y protocolos. Apoyamos la valentía de quienes cuentan y exigimos a las instituciones que conviertan relatos en políticas trazables, tal como venimos pidiendo en relación con la salud mental pública y el acompañamiento institucional.