En el Paseo La Plaza y en sedes de Vicente López y virtuales ya funcionan nueve cursos activos y, en el último año, egresaron más de 350 nuevos comediantes mayores, según La Nación (24/5/2026). El fenómeno no es anecdótico: hay intérpretes de 72 años que empezaron a tomar clases en 2023 y otros que acumulan 500 funciones desde 2022, cifras que muestran que esto va más allá de un hobby.
¿Por qué ahora?
Vemos una mezcla de factores: jubilación con tiempo disponible, búsqueda de sentido y la transformación del formato stand up en una herramienta de expresión accesible. Alejandro Money, de 72 años, se anotó en 2023 buscando herramientas para sus charlas y encontró una nueva vocación (La Nación, 24/5/2026). Daniel Virardi, que empezó en 2022, registra 500 funciones en tres años; eso equivale a un promedio de casi 167 funciones por año, lo que habla de una actividad sostenida y profesionalizada por parte de algunos participantes (La Nación, 24/5/2026). La cifra de más de 350 egresados en un año sugiere además que la demanda por cursos y escenarios no es marginal: hay un flujo constante de nuevos monologuistas mayores que buscan prueba y error sobre las tablas.
El detalle que lo cambia todo: la escritura
Lo que nadie cuenta es que el hueso del curso no es solo el chiste sino la disciplina de la escritura creativa. Maria Elida Corvalán relata que entró pensando en actuación y descubrió que “el hueso del curso es la escritura creativa”; no se trata de contar chistes sueltos sino de armar un monólogo con reglas de género (La Nación, 24/5/2026). Ese énfasis es relevante: convierte la experiencia acumulada de décadas en material dramaturgable, con ritmo y estructura.
La apuesta a la escritura también diferencia este movimiento de otras ofertas culturales para mayores; no es solo recreación sino aprendizaje de una técnica. Según Julián Sabisky, impulsor de los cursos, el formato se adapta a la persona y por eso funcionó: hoy hay nueve cursos entre presencial y virtual, una oferta suficiente para sostener prácticas regulares y presentaciones públicas (La Nación, 24/5/2026).
¿Cómo impacta en la vida social de los mayores?
El escenario opera como dispositivo relacional: transforma la casa silenciosa en un espacio de trabajo colectivo. Alejandra Graciela Álvarez cuenta que el curso le permitió ampliar su círculo cuando la soledad tras jubilarse empezaba a aturdir (La Nación, 24/5/2026). Además, la risa sostenida del público funciona como feedback inmediato; para muchos, el agradecimiento de la gente es el motor para seguir subiendo.
Hay también una dimensión de salud pública y bienestar: la actividad creativa y el vínculo social se asocian a mejores indicadores de salud mental en adultos mayores en múltiples estudios internacionales, aunque en esta nota no contamos con cifras locales desagregadas. Lo que sí muestra La Nación es la escala del fenómeno: más de 350 egresados y oferta en varias sedes, lo que implica impacto social más allá de una anécdota personal (La Nación, 24/5/2026).
Qué dice esto de la cultura y qué falta
Hay algo de ironía cariñosa en ver a ciudadanos que la sociedad imagina inmóviles reinvindiendo la escena pública. El detalle que lo pinta todo es la honestidad brutal de los monólogos: hablar de pañales, del PAMI o de viajes en colectivo con tono cómico desnuda prejuicios generacionales y los subvierte.
Sin embargo, si esto quiere sostenerse necesita microinfraestructura: salas accesibles, becas para producción, ruedas de programación que no exploten la novedad ni infantilicen a los intérpretes. Sabisky menciona que antes había edades límite para anotarse; hoy la práctica demuestra que la vivencia es materia prima valiosa para el humor (La Nación, 24/5/2026). Valoramos estas iniciativas que integran y dignifican a los adultos mayores, y pedimos políticas culturales que acompañen su crecimiento con recursos transparentes y sostenibles.
Camila Goldberg