La Argentina atraviesa en 2026 lo que algunos llaman un nuevo episodio de “enfermedad holandesa”: según La Nación (11/4/2026), el superávit comercial podría “triplicarse” respecto a los US$11.000 millones de 2025. Ese dato resume el riesgo: un salto exportador que mueve recursos y precios internos y que, sin anclas ni reglas, puede transformar la estructura productiva.
¿Cómo impacta esto en el mercado argentino?
Vemos dos efectos inmediatos ya descritos por la teoría y confirmados en la práctica: el efecto movimiento de recursos y el efecto gasto. En cifras: la literatura que cita La Nación recuerda la secuencia histórica desde los años 1960 en Holanda, pasando por referencias clave como 1977 en The Economist y la monografía de 1982 de Neary y Corden. Traducido para tu bolsillo: cuando las exportaciones energéticas o agrícolas se disparan, suben los precios de servicios y bienes no transables (peluquería, construcción, logística), y eso presiona costos de la industria que compite con importaciones. Si la popolación empieza a cobrar salarios más altos en sectores no transables, la producción industrial pierde competitividad. El resultado inmediato puede ser menos empleo manufacturero y más dependencia del sector exportador.
¿Qué puede hacer el Estado y las provincias?
La conclusión principal es fiscal y externa: acumular reservas por flujo y mayor transparencia en los ingresos externos. La nota que analizamos incluso plantea que soñar con un dólar de $1600 es fantasía; lo práctico es administrar los ingresos reales que entran hoy. El Estado nacional debe priorizar la conversión ordenada de divisas extra a reservas y reglas claras para liquidación de exportaciones. Para que la presión sobre la industria no derive en desindustrialización permanente, las provincias tienen que ajustar salarios y gasto público donde sean excesivos —el texto remarca cómo el régimen de coparticipación y transferencias puede inducir una variante interna de la enfermedad holandesa—. En números: si el superávit se multiplica, sin reglas el efecto sobre el tipo de cambio real será inmediato y la capacidad de acumulación se diluye si no hay disciplina subnacional (según La Nación, 11/4/2026).
¿Qué deben hacer los comerciantes y los trabajadores?
Desde la lente de quien factura día a día: los comerciantes deben prepararse para costos locales más altos en servicios y salarios, y para una demanda aparentemente más estable por exportación. Recomendamos transparentar cadenas de pago con proveedores y negociar cláusulas de ajuste ante subas de costos. Para los trabajadores y sindicatos: defender el empleo formal es clave; los mejores salarios no son sostenibles si parten de distorsiones fiscales que excluyen a la industria. En términos prácticos, si la masa salarial se reconfigura hacia actividades no transables, el empleo industrial se comprimirá. Proteger la formalidad pasa por convenios que consideren productividad y por políticas públicas que incentiven la inversión en manufactura de mayor valor agregado.
¿Qué significa esto a mediano plazo para reservas y la industria?
A mediano plazo la oportunidad es doble: se puede convertir un boom exportador en acumulación de reservas y modernización productiva, o repetir ciclos de apreciación real y pérdida de base industrial. La política correcta combina tres elementos: reglas de liquidación y transparencia para las divisas, incentivos a la inversión de valor agregado y reformas al gasto subnacional para evitar una carrera salarial que saque competitividad a la industria. Nuestra posición editorial es clara: apoyamos medidas que favorezcan a sectores exportadores y a la construcción y pymes, pero siempre acompañadas de acumulación de reservas por flujo, transparencia en ingresos externos y protección del empleo formal. Sin esas condiciones, el supuesto beneficio de un superávit mayor (la proyección de triplicarse frente a los US$11.000 millones de 2025, según La Nación) corre el riesgo de convertirse en una ventana corta de ganancias y una botella larga de pérdida industrial.
Franco Pellegrini