Uno de cada dos adolescentes de los sectores más vulnerables registró ausencias extensas: el porcentaje de chicos del nivel socioeconómico más bajo que faltó más de 15 veces subió del 40% en 2022 al 48% en 2024, un aumento del 20% según Argentinos por la Educación (relevamiento complementario de las pruebas Aprender 2024) y consignado por LA NACION. Esto no es una cifra aislada: habla de barreras concretas que impiden la escolaridad.

¿Por qué faltan los chicos y chicas?

Vemos que las causas más frecuentes no son caprichos sino obligaciones: la nota recoge relatos de chicos que pierden el único colectivo, caminan por calles de tierra que se vuelven canales de lodo o deben cuidar a hermanitos. En asentamientos y barrios periféricos los traslados largos condicionan la asistencia: Abel, 18, dice que si pierde el colectivo pierde el día entero. Según CIAS y Fundar, casi el 40% de los adolescentes en barrios populares trabaja y asiste a la escuela, y esa doble carga aumenta las chances de ausentismo y abandono. Además, el 42% de jóvenes entre 19 y 24 años que viven en barrios populares abandonaron la escuela, según un estudio citado por LA NACION, lo que convierte las faltas repetidas en un riesgo real de salida temprana del sistema educativo.

¿No es la falta “pereza” el problema?

Las encuestas muestran una paradoja aparente: un 27% de estudiantes de bajos recursos reconoce haber faltado por falta de ganas, mientras que en los sectores socioeconómicos más altos ese motivo escala al 49%, según Argentinos por la Educación (Aprender 2024). Pero el detalle que lo cambia todo es el contexto: para un chico que vive a 17 km de la escuela y depende de un único colectivo —o para quien sale a trabajar de noche— la “falta de ganas” a menudo es la conclusión de una jornada agotadora o de la falta de medios. Además, tras dos días de tormenta la asistencia en barrios populares baja a menos de la mitad, según directores y encuestas recogidas por CIAS, lo que evidencia que factores climáticos y de infraestructura hacen que la ausencia sea estructural y no solo voluntaria.

¿Qué muestran los datos y qué falta medir?

Los estudios citados concentran hallazgos útiles pero también dejan un vacío: no hay un sistema nacional con datos en tiempo real sobre ausentismo que permita diseñar intervenciones puntuales. Argentinos por la Educación aporta el alza del 20% en faltas frecuentes (2022‑2024), CIAS y Fundar aportan el 42% de abandono en jóvenes 19‑24 en barrios populares, y el Observatorio de la Deuda Social de la UCA muestra que apenas 3 de cada 100 jóvenes en hogares muy pobres acceden a trabajo registrado. Estas cifras requieren que el Estado publique datasets abiertos y periódicos sobre asistencia por escuela, por barrio y por motivo, para poder articular transporte, programas de cuidado y apoyo económico. Sin datos desagregados no podemos evaluar el impacto de medidas ni comparar resultados entre jurisdicciones.

¿Qué medidas integradas hacen falta?

No alcanza con llamar al chico que falta. Vemos la necesidad de políticas combinadas: redes de transporte subsidiado o rutas escolares adaptadas a barrios periféricos; programas de cuidado infantil que alivien la sobrecarga de adolescentes que cuidan hermanos; horarios escolares flexibles para jóvenes que trabajan; y apoyo escolar sostenido como el que ofrece la ONG Volando Alto. Además, exigimos transparencia: datasets abiertos sobre ausentismo escolar, metas claras por jurisdicción y evaluaciones periódicas de impacto. Si no actuamos ahora, la generación actual seguirá perdiendo oportunidades educativas y laborales. Lo que nadie cuenta es que cada falta tiene apellido y dirección; necesitamos que las políticas también los tengan.