Dos editoras con genealogías del libro celebran 50 años de vínculo con la Feria del Libro de Buenos Aires y, en sus recuerdos, se lee la historia de la industria editorial argentina: la primera Feria fue en 1975 y aquello de entonces era prácticamente artesanal (LA NACIÓN, 26/4/2026). Este primer párrafo resume la noticia central: Rodrigué y Vergara son testigos y actores de medio siglo del evento. Sus relatos sirven para pensar qué cambia y qué persiste en un mercado que hoy convive con una crisis de consumo y una visibilidad pública excepcional.

¿Qué nos dice su memoria sobre la profesionalización del sector?

La anécdota de Vergara —que en la primera Feria atendió un stand con solo seis títulos en total, repetidos hasta el hartazgo— funciona como el detalle que lo cambia todo (LA NACIÓN, 26/4/2026). Es una cifra sencilla: seis títulos hablan de editoriales que empezaban desde casi nada. Desde entonces hubo pasos concretos de institucionalización: Jornadas Profesionales, Congreso de Bibliotecarios y programas con bibliotecas populares, según recuerda Rodrigué. Ese pasaje de lo artesanal a lo profesional no fue neutro: implicó formalización de roles, acuerdos comerciales y una mayor presencia mediática. Al mismo tiempo, la familia y la transmisión intergeneracional siguen sosteniendo sellos independientes, lo que demuestra que la profesionalización convivió con la impronta familiar, no la borró.

¿Cómo impacta esto en el público y en el mercado argentino?

La Feria no solo cambió en logística: cambió su público. Vergara ubica un quiebre claro en 2010, cuando una ola juvenil llevó a filas multitudinarias para autores de best-sellers; recuerda que para un autor como James Dashner chicos hacían fila desde las 10 a.m. para un acto programado a las 7 p.m. (LA NACIÓN, 26/4/2026). Esa fecha marca una comparación temporal que importa: el público se renovó y trajo consumo distinto, más enfocado en fenómenos de licencia y franquicia. Para editoras como las entrevistadas, la Feria sigue siendo una burbuja de compra: compran menos, pero compran, y Vergara declara una expectativa pareja respecto del año pasado (LA NACIÓN, 26/4/2026). Esa tensión —menos poder adquisitivo, más demanda por hitos culturales— define el desafío comercial actual.

¿Qué queda por preguntar sobre apoyos, economía y patrimonio cultural?

Los recuerdos también señalan precariedades que hoy suenan anacrónicas: antes había que llevarse la recaudación a casa porque no se podía dejar el dinero en el Centro Municipal de Exposiciones; cerraban a las 11 p.m. y cuidaban la caja ellos mismos (LA NACIÓN, 26/4/2026). Esos detalles iluminan un punto crítico: la Feria adquirió prestigio público, cobertura mediática y alcance cultural, pero eso no transforma automáticamente la estructura de financiamiento ni la equidad entre sellos grandes y pequeños. Por eso, desde aquí valoramos la trayectoria de quienes sostienen la edición independiente y exigimos transparencia pública sobre apoyos, subsidios y condiciones de contratación en ferias y festivales culturales, para que la visibilidad se traduzca en políticas claras y no en celebraciones simbólicas.

Cincuenta años después, la historia de Rodrigué y Vergara es la historia de un mercado que aprendió a profesionalizarse sin perder su tejido familiar; también es una invitación a preguntar quién paga esa profesionalización y en qué condiciones. La Feria sigue siendo, como dicen ellas, un lugar donde el libro recupera un lugar trascendente, pero ese lugar necesita reglas más claras y datos públicos para que la cultura siga siendo un bien compartido.