Un estudio interdisciplinario que aplicó LiDAR y 999 simulaciones de Monte Carlo confirmó 178 montículos reales en la Sierra del Laboreiro tras depurar un primer catálogo de 269 formaciones (Journal of Archaeological Science). Este dato resume el enigma: la tecnología afina el inventario, pero no reemplaza la pregunta sobre por qué las comunidades prehistóricas eligieron unos puntos y descartaron otros.

¿Qué nos dicen los números?

Los números del propio estudio obligan a desconfiar de las explicaciones simples. Los autores partieron de 269 rasgos identificados y, tras filtrar duplicados y formaciones naturales con teledetección, dejaron 178 montículos confirmados (Journal of Archaeological Science). Esa depuración implica una reducción del 33.8% respecto al conteo inicial (base: 269), y fue obtenida mediante 999 simulaciones de Monte Carlo para probar relaciones espaciales entre rasgos y variables ambientales. Además, el análisis cruzó ocho variables —altitud, pendiente, visibilidad, proximidad a afloramientos, entre otras— lo que muestra un esfuerzo por cuantificar lo que antes se describía solo a ojo. Los datos matizan la intuición: la arqueología digital organiza el problema, pero no lo resuelve por sí sola.

Tierra viva, no museo

Lo que nadie cuenta es que cada montículo parece encapsular fases de vida del paisaje: construcción, abandono, crecimiento forestal y reutilización. Según el equipo, algunos lugares muestran capas de ceniza —por ejemplo en Anta 1 do Vale da Laje— que sugieren el uso del fuego para limpiar terrenos antes de erigir monumentos (Journal of Archaeological Science). Las dataciones abarcan desde el IV milenio a.C. hasta la Edad del Bronce, es decir procesos que se extienden por milenios y que convierten el yacimiento en un palimpsesto social. Esa diacronía explica por qué un modelo estático fracasa: el sitio no es un registro inerte, sino un escenario en movimiento que refleja prácticas económicas, rituales y territoriales cambiantes.

¿Por qué aquí y no allá?

La pregunta que nos haríamos en Buenos Aires es simple: ¿elegían las cumbres por visibilidad o por algo más doméstico? La respuesta del estudio sorprende: la visibilidad, un argumento clásico, fue estadísticamente no significativa frente a otras variables analizadas (Journal of Archaeological Science). Eso empuja la explicación hacia la agencia humana: fronteras sociales ya existentes, rutas de pastoreo, lugares con significado ancestral o prácticas rituales que hoy no podemos reconstruir fácilmente. El detalle que lo cambia todo es que estas decisiones se tomaron en contextos que evolucionaron durante miles de años; insistir en una regla única es olvidar que los paisajes se negocian día a día.

Tecnología y campo: qué falta

La nota de la prensa (LA NACION, 15/4/2026) celebra el uso de LiDAR y modelos, y con razón. Pero la investigación misma lo dice: las herramientas digitales tienen límites claros para capturar la complejidad social. Sin excavaciones directas y sin datos cualitativos de contextos estratigráficos no alcanzamos a leer por completo por qué algunos montículos fueron aislados y otros agrupados. Por eso exigimos que los proyectos que usan teledetección publiquen sus datos y protocolos: si 178 montículos surgen de depurar 269 observaciones, esos archivos deben estar disponibles para replicar y enriquecer interpretaciones. Valoramos la combinación de tecnología y trabajo de campo, y pedimos que los hallazgos lleguen con registros abiertos y planes para conservación y acceso público, no solo con titulares que celebren el software.