Se trata de una tecnología que, según La Nación, permite dejar la obra gris de una vivienda de 120 m² lista en 48 horas mediante impresión 3D de hormigón (La Nación, 4/6/2026).
¿Qué es y cómo funciona?
La impresión 3D aplicada a la construcción utiliza un cabezal que deposita una mezcla de hormigón capa por capa para edificar estructuras completas. En el relato público, la máquina que trajo Grondplek mide aproximadamente 11 m por 11 m y 7 m de altura y trabaja con hormigón al que se le agrega cerca del 2% de aditivos, según la nota (La Nación, 4/6/2026). Lo que la prensa celebra son ejemplos globales: un local de Starbucks en Texas y una estación ferroviaria en Japón, ambos exhibidos en 2025 como hitos de escala (Dezeen, 2025; La Nación, 4/6/2026). La impresora, sin embargo, imprime solo la denominada ‘obra gris’: muros, escaleras y elementos de hormigón que luego requieren terminaciones, instalaciones y mano de obra para los acabados.
¿Cómo impacta esto en el mercado argentino?
La promesa es económica y temporal: Mateo Salvatto habla de una casa que podría bajar hasta el 30% de su costo de mercado y entregarse en una semana (La Nación, 4/6/2026). En términos de productividad, la empresa reporta haber impreso más de 500 m² y producido más de 1400 piezas, con una reducción del 35% del tiempo de obra gris, según su web citada por la nota (sitio de la empresa via La Nación, 4/6/2026). Eso transforma la ecuación para desarrolladores que enfrentan costos de construcción altos y plazos extendidos. Lo que nadie cuenta es que el ahorro hipotético debe confrontar la cadena de valor local: logística de materiales, capacitación de oficios, permisos municipales y acceso al crédito hipotecario. También importa la escala: el modelo actual permite hasta tres plantas, por lo que no reemplaza por ahora a la construcción de gran altura ni a proyectos complejos.
¿Cambia el trabajo de la construcción y la política pública?
Los promotores insisten en que la tecnología no viene a suplantar trabajadores sino a reconvertir tareas: reduce labores de carga pesada y exige operarios para terminaciones y supervisión (La Nación, 4/6/2026). Desde la lente pública esto plantea tres prioridades: reglas claras para la certificación estructural, monitoreo de calidad y formación técnica. Además, hay que medir impacto real con datos: cuántos puestos se generan o se transforman, cuánto baja el desperdicio material y cómo se distribuyen las obras en el territorio. En ese sentido, la adopción por parte de un actor industrial como Techint en 2025 —según la nota, la máquina llegó apoyada por esa compañía— marca un paso de laboratorio a mercado, y exige pruebas comparativas independientes respecto de los métodos tradicionales (La Nación, 4/6/2026).
La agenda pública no puede limitarse a celebrar la velocidad. Apoyamos la innovación que mejora eficiencia y reduce desperdicio, pero exigimos que pilotos y contratos se publiquen en formatos abiertos, con evaluaciones independientes de costo, tiempo y calidad. Si una tecnología promete bajar 30% el precio y acelerar plazos, queremos ver los números detallados, línea por línea, y comparaciones año a año que permitan replicar o corregir. Lo que nadie cuenta es que, sin datos abiertos y evaluaciones públicas, la velocidad puede convertirse en privilegio: proyectos concentrados, subcontratación opaca y brechas territoriales. Vemos aquí una oportunidad tecnológica que también es un problema de gobernanza: si la política pública acompaña con regulación técnica, formación laboral y transparencia, la impresión 3D puede ser una herramienta para vivienda asequible; si no, será solo innovación para quienes ya podían construir rápido.
Camila Goldberg