En la isla de Santa Elena el emperador Napoleón Bonaparte escribió: “la guerra español viajó la causa 1era de mis desgracias”. En efecto, aquellos seis largos años –desde 1808 a 1814- desgastaron su imperio y propiciaron su caída. El conflicto Asimismo trajo, Sin duda, consecuencias nefastas para nuestro país, De la misma forma de un saldo enorme de muertos, la guerra nos abandonó otro de los caballos del apocalipsis, el hambre. La almorta goyesca
En 1811 Francisco de Goya tituló a uno de sus grabados -realizados con aguafuerte- De exactamente la misma forma que “Gracias a la almorta”, en donde reflejaba las consecuencias de la hambruna. En él aparece una mujer, completamente cubierta y con el rostro oculto, repartiendo entre un conjunto de personajes hambrientos algo para comer. Semeja tratarse de una sopa elaborada –a estimar por el título- con harina de almorta. Junto a la esposa, que se halla en 1er término, hay tres figuras de pie con pómulos marcados, ojos hundidos y narices afiladas, el mejor reflejo del hambre que asoló España A lo largo de la invasión napoleónica. Para vencer esta epidemia las clases sociales más deprimidas recurrieron a la almorta, una leguminosa herbácea muy común en el área Mediterránea, que se convirtió en un Solo genial sustituto de los cereales a causa a que no precisaba de un singular cuidado agrícola. Se convirtió rápidamente en un producto de primera necesidad, saciando los estómagos de los Grupos más desfavorecidos. Si bien, y esta es la comunicado más oscura de la historia, si es que se consumía A lo largo de periodos prolongados y en grandes cantidades podía producir trastornos neurológicos, calambres, incontinencia urinaria, temblor en las manos y dificultad para caminar. Una pléyade de síntomas que, tiempo acto seguido, se conocería De La misma manera que latirismo. La primera referencia que tenemos de este trastorno se remonta al siglo quinto Ya antes de Cristo, en la fecha Hipócrates –el padre de la medicina- preconizaba que la ingesta de Algunas semillas de leguminosas podía causar parálisis. Más adelante esta hipótesis sería remachada por Plinio el Viejo (79-23 a. C) y Dioscórides (40-90 d. C). La historia se repite
Un siglo posteriormente la autarquía y el impacto de la 2da Guerra Mundial prolongaron el hambre A lo largo de los años de la posguerra española. Los comestibles no llegaban a los consumidores y la población sufría de desnutrición. En este escenario desolador apareció de nuevo la almorta, que se convirtió en la salvación de miles de personas que no tenían nada que llevarse a la boca. Esta legumbre, con manera de garbanzo aplastado, se convirtió en el menú periódico de centenares de españoles repartidos por toda la geografía española. Si es que echamos la mirada atrás, en el año 1940 un kilo de almortas valía 59 céntimos, al tiempo que uno de lentejas 1,35 pesetas y uno de garbanzos ascendía hasta 1,67. Es simple imaginar con qué llenaban la cesta de la compra las amas de casa de aquel luego. El sobreconsumo de almorta provocó una epidemia de latirismo, añadiéndose a la nómina de las secuelas de la guerra cainita. Actualmente sabemos que una dieta casi carente de proteínas y basada en esta leguminosa –Lathyrus sativus- produce una ingesta excesiva del aminoácido ODAP (ácido s-N-oxalyl-diamino-propionico), la neurotoxina responsable de los síntomas descritos. Ya lo dijo Paracelso: “la dosis apropiada es lo que diferencia un veneno de un remedio”. Pedro Gargantilla es médico internista del Hospital de El Escorial (La capital española) y intérprete y escritor de Múltiples libros de divulgación
La ponzoña que llegó con el hambre
En la isla de Santa Elena el emperador Napoleón Bonaparte escribió: “la guerra español viajó la causa 1era de mis desgracias”. En efecto, aquellos seis largos años –desde 1808 a 1814- desgastaron su imperio y propiciaron su caída. El conflicto Asi...