Aunque las ventas globales de autos eléctricos alcanzaron 10 millones en 2022, según la IEA (Global EV Outlook 2023), la conversación entre conductores suele volver a dos cosas: la perilla para la temperatura y la llave que giraba. Esto es una nota sobre por qué, a pesar de mejoras objetivas en seguridad y eficiencia, se extrañan elementos simples del pasado y qué dicen esas ausencias sobre cómo cambiamos la relación con los objetos cotidianos.

¿Qué es lo que realmente se extraña?

Lo que muchos nombran no es meramente estética: son gestos y atajos cognitivos. Girar una perilla para el aire acondicionado o hundir una palanca para el freno de mano eran acciones que podían hacerse sin apartar la vista del tránsito; hoy muchas funciones están escondidas detrás de menús táctiles. También falta la lectura inmediata del tablero analógico: un velocímetro, un tacómetro y dos agujas bastaban para formarse un mapa situacional. Esa pérdida es cultural tanto como práctica: los interiores coloridos y los faros escamoteables hablaban de identidad, no sólo de utilidad. No es casual que la discusión aparezca tanto entre entusiastas como entre usuarios promedio: la experiencia de uso importa para la seguridad y para el placer cotidiano de manejar.

¿Culpa de las regulaciones o de la moda tecnológica?

No es solo nostalgia: muchas transformaciones obedecieron a requisitos legales y tecnológicos. Estados Unidos implementó la exigencia de control electrónico de estabilidad (ESC) para vehículos nuevos en 2012 (NHTSA, regla final de 2007 aplicada en 2012), y la Unión Europea consolidó reglas similares a partir de la aplicación de la Regulation (EC) No 661/2009 en 2014. Esas medidas incrementaron el tamaño de estructuras, reforzaron pilares y empujaron a integrar sensores, cámaras y electrónica que compiten por espacio físico en el habitáculo. La consecuencia estética y funcional fue previsible: menos vidrio, pilares más anchos, menos botones mecánicos. En la balanza, la ganancia es clara en términos de protección; pero la forma en que se implementó alteró hábitos de uso sin consultar al conductor promedio sobre ergonomía y accesibilidad.

Lo que ganamos (y lo que perdimos) en números

El avance tecnológico también tiene cuentas claras. Además de los 10 millones de ventas de coches eléctricos en 2022, la IEA reportó un parque global de aproximadamente 26 millones de vehículos eléctricos a fines de 2022 (IEA, Global EV Outlook 2023), lo que explica presiones por reducir peso y optimizar espacio (por ejemplo, prescindir de la rueda de auxilio). Al mismo tiempo, la llegada masiva de asistentes y pantallas ha multiplicado la información disponible, aunque no siempre la claridad: más datos no equivalen a mejor lectura rápida en situaciones de riesgo. La comparación interanual es ilustrativa: las ventas de EV pasaron de alrededor de 6.6 millones en 2021 a 10 millones en 2022, un salto que obliga a rediseñar desde la arquitectura del piso hasta el manejo del cableado y los módulos de sonido, cambiando también la sensación sonora del motor que muchos extrañan.

¿Qué habría que hacer distinto si nos importa la experiencia?

La discusión no es anti-tecnología; es sobre diseño centrado en la persona. Pedir perillas físicas no es rechazar la conectividad, sino reclamar una redistribución de funciones: controles esenciales accesibles fuera de menús, indicadores con lectura rápida y una política de transparencia sobre qué sistemas asisten al conductor y cuándo. También urge datos abiertos sobre cómo las intervenciones de diseño (pilares, cámaras, botones eliminados) afectan la atención y la seguridad cotidiana —una demanda coherente con nuestra postura de exigir datos abiertos en gestión de tránsito y protocolos de seguridad. La industria puede reconciliar eficiencia, normativa y placer de manejo: empieza por medir cómo se usan los autos en la vida real, publicar esos datos y diseñar con esa evidencia, no sólo por estética o por reducir componentes.

Caminar hacia objetos más inteligentes no tiene que sacrificar rituales que nos hacen sentir competentes. Lo que nadie cuenta es que, a veces, la comodidad tecnológica llega pagando en emocionalidad y en claridad; reclamar ambos no es negarse al cambio, sino exigir que el cambio nos haga mejores conductores y no sólo consumidores.