Un conjunto de cinco estudios realizados por investigadores de la Universidad McGill, con 608 adultos jóvenes como muestra, sugiere que las posturas naturales más abiertas y dominantes se asocian con puntuaciones superiores en rasgos vinculados a la psicopatía, según La Nación (2/5/2026) que cita esos trabajos. La noticia promete una guía rápida: mirar y saber. Pero la ciencia social rara vez entrega atajos tan pulidos.

¿Se puede juzgar a alguien por cómo se para?

La respuesta breve es no. El detalle que lo cambia todo: la postura puede decir algo sobre intención o rol, no sobre diagnóstico. El Servicio Nacional de Salud del Reino Unido (NHS) recuerda que la psicopatía suele incluirse dentro del trastorno de personalidad antisocial, que afecta aproximadamente al 1% de la población según esa institución (NHS). Los cinco estudios citados por La Nación ofrecen correlaciones, no causalidad (McGill, citado por La Nación, 2/5/2026). En lenguaje llano: una postura erguida puede venir de danza, deporte, entrenamiento laboral o simple costumbre. Por eso es peligroso convertir un rasgo observacional en sentencia moral sin historial clínico y evaluación profesional.

Qué mide y qué no mide la postura

Los trabajos de McGill analizaron fotos y mediciones físicas de 608 participantes para relacionar apertura corporal con rasgos como manipulación y competitividad (McGill, citado por La Nación, 2/5/2026). Metodológicamente, eso es sano: más de un estudio (cinco en este caso) y cientos de sujetos reducen el ruido. Pero hay límites claros: la muestra fue de adultos jóvenes, por lo que la generalización es limitada; además la variabilidad cultural y socioeconómica modifica posturas y significados. El hallazgo es útil como pista para investigación, no como herramienta de vigilancia social. Exigir replicaciones con muestras diversas y datos abiertos sería el paso siguiente para convertir correlación en conocimiento reproducible.

¿Por qué nos importa esto en la vida cotidiana?

Vivimos en una época que quiere atajos para leer intenciones: aplicaciones de seguridad, selecciones de personal o juicios en redes sociales. El problema aparece cuando una observación corporal se transforma en política pública informal. Aquí debemos ser claros: señales no verificadas pueden alimentar estigmas. Vemos además una tensión con nuestras posturas previas sobre salud mental: en la nota del 10/4/2026 exigimos transparencia y datos en los protocolos de acompañamiento; lo mismo aplica ahora. Si la postura se va a usar en entornos laborales o legales, se necesitan estándares, acceso a los datos y supervisión clínica.

Cerramos con una idea práctica. Si alguien alarma por su conducta, la recomendación responsable no es juzgar su postura: es registrar comportamientos repetidos, contextos y consecuencias, y derivar a un profesional cuando corresponda. Los 5 estudios y los 608 participantes citados abren una puerta interesante; la ética y la evidencia nos piden cerrarla con llave hasta tener datos más amplios, replicaciones y transparencia en los métodos. No hay atajos para el diagnóstico, sí hay señales que valen la pena investigar con cuidado.

Camila Goldberg