Se trata de siete hábitos concretos que el urólogo Pablo Mateo propone para proteger la función renal: hidratación vigilada, control de la presión arterial y de la glucemia, moderación en proteínas y sal, evitar antiinflamatorios sin receta, ejercicio, dejar de fumar y chequeos periódicos (fuente: La Nación, citando a Listín Diario). El mensaje central es preventivo: la enfermedad renal crónica suele progresar en silencio y, por eso, actuar desde temprano puede cambiar el curso de la enfermedad.
¿Qué recomiendan y qué evidencia hay detrás?
Las siete recomendaciones que cita Mateo coinciden con lo que publican sociedades médicas: hidratarse adecuadamente según necesidades personales; mantener la presión arterial por debajo de 130/80 mmHg en personas con riesgo cardiovascular (según la American Heart Association, AHA 2017); moderar el sodio y controlar la ingesta proteica en casos de daño renal incipiente. La nota repite una consigna práctica: 30 minutos de actividad física, cinco días por semana, como mínimo (según La Nación / Listín Diario). Además, advierte sobre los antiinflamatorios no esteroides: la FDA ha documentado riesgo renal asociado al uso prolongado o a dosis altas de fármacos como ibuprofeno, diclofenac o naproxeno (FDA).
Estos datos no son menores: la Organización Mundial de la Salud estima que alrededor del 10% de la población mundial vive con enfermedad renal crónica, muchas veces sin saberlo (OMS). Esa cifra hace que las recomendaciones individuales no sean solo consejos personales, sino medidas de salud pública.
¿Cómo impacta esto en Argentina y qué cambió en el tiempo?
En la práctica argentina, los factores de riesgo que dañan riñones —hipertensión, diabetes y obesidad— están lejos de ceder. A nivel global la prevalencia de obesidad casi se ha triplicado desde 1975, según la OMS, y ese cambio poblacional empuja a más personas hacia hipertensión y diabetes, dos causas principales de daño renal. En Argentina, los sistemas públicos y privados registran una demanda creciente de hemodiálisis y trasplantes, aunque los registros públicos completos sobre incidencia y mortalidad no siempre están disponibles de forma abierta.
El punto temporal importa: prevenir hoy evita cargas mayores mañana. Si la prevalencia de factores de riesgo sigue subiendo año a año, la carga de enfermedad renal crónica también crecerá en la próxima década. Por eso las recomendaciones del urólogo son útiles, pero insuficientes si no se complementan con rastreo activo y datos públicos que permitan medir impacto.
¿Qué puede hacer una persona y qué debería exigir la sociedad?
A nivel individual, las recomendaciones son claras y realizables: revisar la presión arterial con regularidad, hacerse análisis de orina y sangre si hay antecedentes familiares, moderar la sal y los ultraprocesados, cuidar el peso y evitar automedicarse con AINEs (fuentes: La Nación; FDA). Para reconocer hidratación, la orina clara o ligeramente amarilla es una pauta práctica citada por el especialista.
A nivel colectivo, observamos dos exigencias razonables: primero, facilitar el acceso a controles básicos en atención primaria; segundo, publicar datos abiertos sobre prevalencia, diagnóstico y tratamiento para evaluar programas. Valoramos la prevención, pero exigimos transparencia y registros accesibles que permitan auditar resultados y orientar recursos donde hacen falta.
Un cierre práctico y una llamada a la transparencia
Cuidar los riñones combina hábitos personales y decisiones de política sanitaria. Las siete recomendaciones del urólogo son un recordatorio útil: hidratación controlada, ejercicio, control de presión y glucemia, moderación de sal y proteínas, evitar AINEs y chequeos periódicos. Pero ese recordatorio solo alcanza si va acompañado de sistemas que midan quiénes están en riesgo y quiénes acceden a cuidados. Pedimos, entonces, datos abiertos sobre programas de prevención y cobertura, para no dejar la salud renal en el terreno de las buenas intenciones.