Un estudio europeo con 10.217 personas de entre 65 y 94 años halló que la soledad se relaciona con puntajes más bajos en pruebas de memoria al inicio, pero no con un deterioro más rápido de esa capacidad durante siete años de seguimiento (datos 2012-2019; investigación publicada en Aging & Mental Health con base en la encuesta SHARE).

¿Significa esto que la soledad no causa demencia?

No necesariamente. Lo que vemos es una asociación clara al comienzo: quienes reportaron mayores niveles de soledad arrancaron con peor rendimiento en memoria inmediata y diferida, pero la pendiente de pérdida cognitiva a lo largo del tiempo fue similar entre grupos, volviéndose más evidente entre el tercer y el séptimo año de seguimiento (según Aging & Mental Health y SHARE). Esto obliga a separar dos cosas: el estado inicial y la velocidad de cambio. La primera puede reflejar acumulados de vida —salud física, depresión, acceso a cuidado— mientras que la segunda habla de procesos neurodegenerativos más atados a factores biológicos y genéticos. Para ponerlo en perspectiva global, la carga de demencia es grande: según la OMS había alrededor de 55 millones de personas con demencia en 2020 y se proyectan 78 millones para 2030, lo que hace urgente entender factores modificables como la soledad (OMS).

¿Cómo se hizo el estudio y qué limitaciones tiene?

El trabajo se apoyó en la Encuesta sobre salud, envejecimiento y jubilación en Europa (SHARE) y siguió a 10.217 individuos entre 2012 y 2019, abarcando países como España, Alemania, Suecia y Eslovenia (datos del estudio y SHARE). La medición combinó pruebas de memoria inmediata y diferida y un indicador de soledad tratado como relativamente estable en el análisis. Los autores informan que el sur de Europa registró la mayor prevalencia de soledad (12 %), seguido por la región oriental (9 %), la septentrional (9 %) y la central (6 %) —todas cifras tomadas de SHARE y reportadas en la publicación—. Entre las limitaciones que señalan están la naturaleza autorreportada de la soledad, la posibilidad de cambios individuales en ese sentimiento durante el seguimiento y la falta de medidas biológicas que pudieran ajustar mejor la relación causal. En otras palabras: robustez estadística, pero ruido por variables no medidas.

¿Qué implica esto para políticas y la práctica clínica en Argentina?

La conclusión práctica es doble. Primero, la soledad aparece como marcador de desventaja cognitiva al inicio: identificarla puede ayudar a priorizar intervenciones sociales y de salud para mejorar la función cognitiva actual. Segundo, dado que la velocidad de deterioro no difiere entre grupos, no podemos afirmar que la soledad por sí sola sea un motor directo de demencia progresiva. Por eso exigimos datos abiertos y protocolos reproducibles antes de integrar la medición de soledad en guías clínicas nacionales, en línea con nuestra posición previa sobre la salud: apoyamos la evidencia científica pero pedimos transparencia y reproducibilidad. No contamos con un equivalente público de SHARE para Argentina que permita comparaciones nacionales robustas; por tanto, sería razonable impulsar sensores epidemiológicos locales, incluir preguntas estandarizadas sobre soledad en encuestas de salud y evaluar programas comunitarios con indicadores cognitivos y de bienestar.

Lo que nadie cuenta es que atender la soledad no es sólo una política para evitar enfermedades cerebrales: es una manera práctica de mejorar la vida cotidiana de quienes envejecen. Vemos urgente combinar intervenciones sociales —programas comunitarios, acceso a transporte, acompañamiento— con investigación abierta que permita replicar y ampliar estos hallazgos en contextos locales. Exigimos, en consecuencia, publicación de datos, protocolos claros y evaluación a mediano plazo antes de convertir este hallazgo en norma clínica.

Camila Goldberg