La industria vitivinícola argentina atraviesa una crisis con cifras concretas: según el informe del consultor Javier Merino presentado en el 7º Foro de Inversiones de Mendoza (LA NACION), la producción 2024 fue de 225,8 millones de hectolitros y el consumo fue de 16 litros per cápita, los más bajos desde 1961. Ese dato sintetiza por qué 2025 actuó como punto de quiebre para muchas bodegas y productores primarios.
¿Por qué se rompió la cadena en 2025?
Vemos una combinación de señales de largo y corto plazo. En lo externo, el consumo mundial de vino lleva más de una década de retroceso y la demanda no se recuperó; internamente, la inflación y el encarecimiento del crédito comprimieron márgenes. Merino señala que la inversión del sector pasó de destinar entre 10% y 15% de las ventas a cerca del 5%, focalizándose en barricas y no en tecnología (LA NACION). Además, el aumento de tasas postpandemia elevó el costo financiero: varias empresas acumulan deudas equivalentes a un año de ventas, lo que transformó pérdidas financieras en detonante de concursos. El resultado fue menor mantenimiento de viñedos y decisiones de corto plazo que agravan la productividad futura.
¿Cómo impacta esto en el mercado argentino?
El ajuste ya tiene señales concretas: en los últimos 15 años la vitivinicultura perdió más de 20.000 hectáreas, muchas por falta de rentabilidad, y parte de esas tierras se reconvirtieron a otros usos (LA NACION). A corto plazo esto se traduce en plantas envejecidas, menor rendimiento y presión sobre los precios de uva. Para el consumidor, la combinación de menor oferta y concentración de inventarios por parte de distribuidores puede aumentar la volatilidad de precios en ciertos cortes y segmentos. Para el comerciante y el proveedor de insumos, la reducción de volumen impacta caja y empleo: algunas bodegas grandes, como Norton, Bianchi y Casa Montes, ya mostraron problemas financieros reportados por la prensa. Si la demanda global se recupera, el ajuste de capacidad puede acelerar una recuperación del precio, pero con riesgos sociales y productivos en el medio.
Qué cambios pide el informe y qué políticas son urgentes
Merino propone dos tipos de cambios: microsectoriales y macro. Entre los primeros, apuesta por mayor inversión en activos intangibles —marca, marketing y análisis de datos— y por incorporar tecnología, incluida inteligencia artificial, para entender mejor consumidores y optimizar costos. También aconseja una reforma normativa que permita el uso de mostos almacenados, práctica habitual en otros mercados, para dar más flexibilidad a la cadena (LA NACION). En el frente macro, el ejemplo es claro: el alto costo del crédito fue central en la fragilidad financiera. Por eso, apoyamos medidas que reduzcan esa fragilidad: acumulación de reservas por flujo y un ancla macro creíble, que bajen la prima de riesgo y el costo efectivo del financiamiento para empresas y pequeños productores.
¿Qué significa esto para tu bolsillo y para el comerciante local?
Para el consumidor promedio la caída del consumo y la pérdida de superficie todavía no se traducen en aumentos sostenidos de todos los vinos; sí hay mayor variabilidad por segmento. Para el comerciante de vinoteca y el productor primario la película es distinta: menos volumen y viñedos envejecidos elevan el costo operativo por litro y reducen margen. Si ganás el salario promedio, la menor oferta en categorías populares puede empujar a subir el precio relativo del vino frente a otras bebidas; si sos viñatero pequeño, la falta de acceso a crédito barato amenaza sustentabilidad. La política pública útil es doble: apoyo focalizado a la replantación y restructuración de deudas para productores, junto con una política macro que reduzca el costo financiero general. Sin un ancla creíble, las medidas sectoriales serán insuficientes.
En síntesis, la crisis de 2025 no es sólo una mala cosecha: es la convergencia de décadas de menor demanda, baja inversión y endeudamiento alto. Hay margen de recuperación —Merino estima que en dos o tres años el sector podría mejorar si el contexto externo acompaña— pero eso requiere decisiones privadas y públicas claras: invertir en marcas y tecnología, reformar normas operativas puntuales y sostener un ancla macro y acumulación de reservas para reducir la fragilidad financiera del sector.
Franco Pellegrini