Se trata de cómo la inteligencia artificial está reconfigurando el trabajo ahora mismo: según LA NACION, las grandes tecnológicas sumaron más de 30.000 desvinculaciones en apenas cuatro meses, incluyendo más de 4.000 puestos en Block anunciados por Jack Dorsey. Ese dato permite responder rápido la pregunta que preocupa a muchos: no estamos viendo solo ajustes coyunturales, sino una recomposición de tareas que obliga a repensar trayectorias profesionales.

La IA reemplaza tareas, no profesiones

Vemos útil la distinción que propone Santiago Bilinkis: la IA tiende a sustituir tareas concretas dentro de una profesión, no a convertir a una abogada o a un enfermero en una pieza obsoleta de un día para el otro. Esto ya ocurre en la práctica: soluciones de atención al cliente llegaron a manejar porcentajes importantes de interacciones, pero algunos casos (como el regreso de humanos al circuito en Klarna) muestran que la sustitución parcial puede reducir calidad de servicio (según LA NACION).

Además del ejemplo corporativo, hay percepción social sobre valor de la formación: según el Foro Económico Mundial, alrededor del 50% de los jóvenes declara que la IA redujo el valor de su título universitario. Esa cifra obliga a mirar la educación y la formación continua como política pública, no como responsabilidad individual.

¿Cómo impacta esto en el mercado argentino?

Vemos dos canales claros de transmisión hacia el mercado doméstico: el de las tareas automatizables y el de la oferta laboral de entrada. En escala global, grandes empresas tecnológicas contrataron 25% menos recién graduados en 2025 respecto del año anterior y contrataban la mitad de lo que contrataban en 2019 (según LA NACION). Ese fenómeno tiende a agravar una barrera de entrada que ya era alta para jóvenes profesionales.

Para Argentina, esto significa riesgos y oportunidades simultáneos. Riesgos: que los escalones iniciales de la carrera profesional se achiquen, dificultando la acumulación de experiencia. Oportunidades: la integración de herramientas de IA puede elevar productividad en sectores productivos, profesionales y servicios. La elección entre ambos caminos no es tecnológica sino política y empresarial: cómo se incentivan las empresas para invertir en capacitación versus remplazar costos laborales.

Qué decisiones necesitamos: políticas, empresas y sindicatos

Vemos que no bastan exhortos individuales. Las instituciones importan. Daron Acemoglu y otros recuerdan que la tecnología se construye siguiendo incentivos; si siguen priorizándose márgenes, la IA tenderá a reemplazar mano de obra. Hay predicciones duras: Dario Amodei de Anthropic dijo que la IA podría eliminar hasta la mitad de los empleos de nivel inicial en los próximos cinco años (según LA NACION), una proyección que obliga a políticas activas.

Las medidas prácticas pasan por tres ejes: regulación que fomente el uso de IA para amplificar capacidades, programas públicos y privados de reconversión con certificaciones, y políticas laborales que incentiven modelos mixtos humanos+IA. Vemos además que el mayor riesgo inmediato no es la IA per se, sino perder competitividad frente a quienes la aprovechan mejor. Por eso la recomendación práctica es doble: preparar a los trabajadores con formación relevante y diseñar incentivos para que las empresas usen IA para aumentar empleo cualificado, no para eliminar escalones enteros de ingreso al mercado.

En definitiva, la pregunta no es si lloverá, sino qué paraguas decidimos fabricar entre todos. Vemos la tecnología como herramienta con efectos distribuidos: para que beneficie a la mayoría harán falta decisiones públicas y acuerdos sectoriales claros.