El Senado avanza con el tratamiento de cambios en la ley de glaciares y una solicitada con más de 20.000 firmas le planta batalla cultural. Artistas, intelectuales y científicos — desde Lucrecia Martel hasta Manu Chao, pasando por Maristella Svampa y Roberto Gargarella — rechazan la reforma que, según argumentan, habilita actividades en zonas que hoy están protegidas.
La ley 26.639, sancionada en 2010, cubre apenas el 1% del territorio nacional, pero ese 1% es donde nacen los ríos que abastecen varias provincias, según datos del Inventario Nacional de Glaciares que registró más de 16.000 glaciares en la Cordillera de los Andes. La campaña “Los glaciares no se tocan” acumuló casi 9.000 firmas en un día en diciembre de 2025 hasta que una denuncia anónima bloqueó el formulario de Google. La plataforma nunca respondió el pedido de revisión.
¿Por qué esta batalla se da en el terreno cultural?
Lo interesante acá no es solo que haya rechazo — eso era esperable — sino quiénes lo encabezan y cómo lo argumentan. No estamos ante un comunicado de ONG ambientalistas (que también están, claro), sino ante una operación cultural de alcance. Darín, Martel, Morán, Piñeiro, Maitena: figuras que trascienden sus campos y que convierten la defensa de los glaciares en un posicionamiento público que va más allá de lo técnico.
Enrique Viale, presidente de la Asociación Argentina de Abogados Ambientalistas, denuncia en X un “silenciamiento mediático”. Y ahí hay un dato: esta nota sale en La Nación, pero la cobertura del tema no está en todas las portadas. La batalla por la agenda es parte de la batalla por la ley.
Maristella Svampa, de la Colectiva Socioambiental Mirá que lidera la campaña, dice algo que resume el tono: “Estamos ante un proceso de radicalización del capitalismo que no respeta los límites planetarios”. Esa frase podría sonar a consigna, pero viene acompañada de un contexto que le da peso: 75% de la población mundial vive en países con inseguridad hídrica, según datos de organismos internacionales que cita Maitena en su posteo.
El cruce entre ciencia, religión y cultura pop
La Comisión Episcopal de Pastoral Social se sumó esta semana con un comunicado que define a los glaciares como “catedrales de agua” y pide a los legisladores actuar con “solidaridad intergeneracional”. No es menor que la Iglesia use ese lenguaje: conecta lo ambiental con lo ético y lo generacional.
Maitena ilustró el tema con la estrella de mar “culona” que se viralizó en la transmisión del Schmidt Ocean Institute y el Conicet. Ese cruce — entre un debate legislativo y un meme científico — es puro 2026: la cultura pop como herramienta de divulgación, el humor como puerta de entrada a temas densos.
Manu Chao, desde su cuenta de X, advirtió que la reforma “intenta redefinir qué es un glaciar y anular el inventario nacional”. Eso toca un punto técnico clave: si se cambia la definición, se cambia qué zonas quedan protegidas. Y ahí está el nudo del asunto.
¿Qué dice esto de cómo se discute lo ambiental en Argentina?
Que una reforma a una ley que protege el 1% del territorio genere esta respuesta cultural dice algo sobre cómo se lee el contexto. Para los firmantes, no es solo una discusión sobre minería vs. agua, sino sobre límites: qué se puede tocar y qué no, en un momento de crisis climática y estrés hídrico.
La filósofa Svampa habla de “radicalización del capitalismo” y de “delincuencial tomo y daca en el Congreso”. Es un lenguaje duro, de trinchera, pero que resuena en un sector amplio. Y eso convierte la discusión en algo que excede lo técnico: es una batalla simbólica sobre qué modelo de país queremos.
El dato concreto: 16.000 glaciares inventariados, fuentes de agua que abastecen cuencas hídricas en varias provincias. El contexto: 2.000 millones de personas viven en terrenos que se hunden por colapso de acuíferos, según cifras internacionales. La pregunta: ¿es este el momento de flexibilizar protecciones?
La respuesta de los firmantes es no. La del Gobierno, al impulsar la reforma, es sí. Y en el medio, un Senado que debe decidir si escucha a los científicos, a las comunidades locales, a los artistas — o a otros intereses. La solicitada no va a frenar la reforma, pero sí instala un debate que trasciende el Congreso. Y en ese terreno, los glaciares ya tienen un ejército cultural defendiéndolos.