El presidente Javier Milei mostró mayor soltura y una presencia física de control durante la apertura del 144° período de sesiones del Congreso el 2 de marzo de 2026, según el análisis de lenguaje no verbal publicado por La Nación (02/03/2026). Este primer dato resume la versión periodística: comodidad en el estrado, mirada fija a los bloques contrarios y una estrategia de descalificación dirigida desde la oratoria.

¿Qué dijo el análisis del lenguaje corporal?

El perito consultado por La Nación, Daniel Zazzini, detectó una mezcla de autenticidad y relajo: “Desde el ingreso se vio un Milei auténtico, pero mucho más relajado” (La Nación, 02/03/2026). El detalle que lo cambia todo, para el analista, fue la tensión no verbal entre el presidente y la vicepresidenta del Senado: “no cruzaron ni palabras, una mirada”. Además, la nota apunta al uso recurrente del teléfono por parte de la vicepresidenta durante tramos de la transmisión, calificado como una falla de protocolo y una señal de desacuerdo (La Nación, 02/03/2026). Esos gestos funcionaron como índices: no solo lo que se dijo, sino cómo se dispuso el escenario. Este análisis aparece durante una sesión que reunió a la Asamblea Legislativa completa —el cuerpo que integra 72 senadores y 257 diputados, según el Congreso de la Nación— y por eso cada gesto se magnifica en cámara.

¿Esto es menos performativo o solo otro gesto político?

La lectura no verbal no desacredita la hipótesis de lo performativo; más bien la complejiza. Zazzini incluso trazó un paralelo con tácticas empleadas por líderes internacionales: “Usó varias técnicas de oratoria y de argumentación, que también usa Donald Trump” (La Nación, 02/03/2026). En comparación con presentaciones previas, el analista percibe mayor preparación y un desplazamiento desde la rigidez hacia la gestión del auditorio. Pero hay que preguntarse: ¿basta con mayor soltura para convertir un acto en política útil? Vemos que no. Una sesión con 329 legisladores en cuadro (72 senadores + 257 diputados; Congreso de la Nación) no puede reducirse a una demostración de dominio escénico. La política institucional requiere reglas, documentos y datos que acompañen cualquier gesto presidencial; sin eso, el riesgo de performatividad permanece.

Qué importa para la gobernabilidad y la agenda

El detalle sustantivo es político: cuando la oratoria apunta a invalidar al otro invocando “ignorancia” o falta de estudios, no solo se busca control del auditorio, sino también erosionar canales de deliberación. En una democracia con un Congreso que representa a 24 distritos y más de 300 legisladores (Congreso de la Nación), ese estilo puede acelerar la polarización y empobrecer el debate técnico. Por eso abogamos por que las sesiones y los anuncios públicos se acompañen de documentación accesible y datos abiertos: si una estrategia discursiva busca anular preguntas, la respuesta institucional debe ser más transparencia y más evidencia. El hecho de que la cobertura sobre esta apertura (La Nación, 02/03/2026) haya sido asistida por IA añade otra capa: la interpretación pública circula mezclada con automatización, lo que exige claridad sobre fuentes y metodología en el análisis político. En resumen: el gesto importa, pero lo que de verdad mide la gobernabilidad es si el gesto viene con procedimientos, números y debate técnico verificable.

Camila Goldberg