Ternium plantea que la industria arranca con una desventaja impositiva de alrededor de 15 puntos respecto a Brasil y reclama “equilibrar la cancha” antes de profundizar la apertura de importaciones, según fuentes de la compañía citadas por La Nación.

¿Cómo impacta esto en tu bolsillo?

Cuando se habla de apertura comercial, el primer efecto visible para el consumidor suele ser menor precio de algunos bienes importados. Pero para que esa baja se traduzca en más bienestar hay que mirar la otra cara: la salud de la industria que produce aquí. Según La Nación, una máquina agrícola sale de fábrica con una carga impositiva cercana al 30% en la Argentina, mientras que en Brasil ronda el 15% —es decir, una desventaja de unos 15 puntos en costos iniciales—. Esa diferencia no es neutral: en un sector con 550 empresas que generan unos 15.000 empleos directos y otros 15.000 indirectos (La Nación), la presión fiscal que se acumula en cada eslabón encarece el producto antes de salir de la planta y reduce margen para invertir o bajar precios. Traducido: si la competencia externa baja precios, parte del ajuste puede venir por recortes de puestos, inversión o calidad local. Por eso la cuestión no es solo cuánto baja un producto importado, sino cómo se compensa el costo que soportan los fabricantes argentinos para mantener empleo y capacidad productiva.

¿Qué reclaman las empresas y por qué?

Desde Expoagro, fuentes vinculadas a Ternium explicaron que la apertura es bienvenida con socios que aplican reglas de mercado claras (Estados Unidos, Europa), pero advierten sobre competidores que operan con esquemas de apoyo estatal y sobreoferta internacional, en particular de China. En la argumentación técnica señalan que impuestos distorsivos —ingresos brutos, impuesto al cheque, tasas municipales— se suman en cada etapa de la cadena y generan entre 11 y 15 puntos más de presión impositiva que en Brasil o México (La Nación). Además, insiste la compañía, la modernización tecnológica es urgente: la velocidad de incorporación tecnológica define competitividad. En términos de demanda, la propia firma reporta que la recuperación percibida hasta octubre se frenó después de las elecciones de medio término y que, desde noviembre, la demanda se estancó, llevando a prever que no habrá crecimiento en 2026 para su mercado doméstico. Todo esto explica el reclamo de “nivelar la cancha”: no piden cerrar la economía sino condiciones comparables para competir.

¿Qué implica para la industria y el comercio exterior?

La propuesta de combinar apertura con reformas estructurales tiene consecuencias macro y micro. En lo micro, sectores traccionantes como la maquinaria agrícola exportan cerca del 20% de su producción (La Nación) y dependen de cadenas de valor competitivas para crecer. En lo macro, la compañía reconoce que los motores del crecimiento —agro, minería, energía— pueden impulsar demanda: la cosecha tiene estimaciones de aumento cercano al 20% en valor por mejoras de volumen (10%) y precios (10%) (La Nación). Pero el efecto multiplicador lleva tiempo: la industria que abastece al agro representa menos del 10% de la demanda de Ternium hoy, y no compensa sectores rezagados. Además, hay un contexto global donde EE. UU., la UE y otros socios implementan barreras a manufacturas chinas, y competir con economías con fuerte apoyo estatal plantea dilemas de política comercial y de defensa comercial. Para la inserción externa, la clave es combinar acceso a mercados con medidas que permitan sostener capacidad productiva local.

¿Qué debería hacer el Gobierno?

Las soluciones no son mágicas ni únicas. En primer lugar, hay que reducir distorsiones en la estructura tributaria que encarecen costos en cadena: ingresos brutos y tasas municipales requieren coordinación federal y simplificación (dato: empresas reportan 11–15 puntos de desventaja frente a Brasil/México, La Nación). En segundo lugar, acompañar la apertura con instrumentos temporales y focalizados —compensaciones a la modernización, programas de reconversión tecnológica, reglas claras de comercio y defensa comercial— para que la competencia externa no se traduzca en cierre de plantas. En tercer lugar, y coherente con nuestra posición editorial, apoyamos la acumulación de reservas por flujo y un ancla macro creíble: estabilidad monetaria y un marco fiscal ordenado facilitan que el financiamiento doméstico sea sostenible y proteja inversión y empleo. Finalmente, la coordinación con provincias es central: muchas cargas que afectan a la competitividad son provinciales, por lo que cualquier reforma debe incluir diálogo institucional y plazos realistas. Si no se equilibran estas piezas, una apertura rápida puede bajar precios a la vista pero apagar el motor industrial que genera trabajo y valor agregado.

Franco Pellegrini