Adrián Villar Rojas dijo en la presentación de Momentum el 21 de marzo de 2026 que ‘nos hackearon la realidad’ y que ‘nadie puede decir cómo va a ser el mundo de acá a cinco años’ (según La Nación, 21/3/2026).

El diagnóstico: ¿qué quiere decir que nos ‘hackearon la realidad’?

Vemos en esa frase menos una catástrofe literaria y más una observación sobre la velocidad y la saturación informativa. Villar Rojas propone que eventos políticos, mediáticos y tecnológicos colapsan la experiencia colectiva hasta volverla difícil de imaginar: un golpe, un bombardeo, una noticia que aparece y desaparece en días. El artista, que tiene 46 años y cumplió el día de la charla (según La Nación, 21/3/2026), sitúa esa sensación en relación con la pandemia y con la proliferación de herramientas capaces de diseñar mundos. No es una queja romántica: es una constatación sobre cómo plataformas, softwares de simulación y ciclos de información condensan temporalidades. El dato importa: él reconoce 17 años de trabajo con su equipo como parte de esa práctica colectiva que busca descentrar la autoría (según La Nación, 21/3/2026).

Software, coautorías y la redistribución de la inteligencia

Villar Rojas no habla de IA como magia sino como infraestructura: nombra ‘time engines’ o ‘drama engines’ que protocolizan fenómenos climáticos y políticos y permiten generar entornos con leyes internas. Lo que él llama coautoría incluye plantas, musgos, papas en descomposición y sistemas no humanos; la intención es desarmar el ego del autor. Este desplazamiento tiene consecuencias prácticas: su trabajo es temporal, site-specific y programado para degradarse, como en la terraza del MET donde sólo sobrevivió un fragmento y el resto se desintegró en la topografía original (según La Nación, 21/3/2026). Esa práctica plantea preguntas técnicas y políticas: ¿quién controla los algoritmos que simulan mundos?, ¿qué protocolos de transparencia deben exigir las instituciones culturales al usar software que modela realidades? Si la creación artística incorpora motores que predicen o generan experiencias, exigimos sistemas abiertos y auditablemente documentados.

¿Qué nos dice esto sobre la imaginación colectiva?

La novela del fin de la imaginación no es nueva, pero Villar Rojas la coloca en clave contemporánea: la imposibilidad de prever el futuro se siente más intensa desde la pandemia, cuando dice que dejó de usar el título El fin de la imaginación porque la incertidumbre lo vació de sentido (según La Nación, 21/3/2026). El libro Momentum busca trazar una genealogía que va desde la década del 70 hasta hoy y pensar cómo el arte responde a la crisis ecológica y a nuevas tecnologías. Ese arco temporal importa: comparar la escena de hace 15 años con la de hoy no es solo nostálgico; según el artista, ciertas situaciones ‘clickean’ hoy de otra manera que hace una década (según La Nación, 21/3/2026). Nosotros creemos que leer esta tensión exige mezclar la narración íntima con datos públicos: entender la transformación de la imaginación requiere medir inversiones tecnológicas, públicos de museos y protocolos de colecciones para saber qué se gana y qué se pierde.

¿Y para Argentina: qué implica esta descentración?

Villar Rojas confiesa que no ve posible una gran muestra suya en Argentina próximamente y que muchos de sus proyectos más importantes ya ocurrieron aquí (según La Nación, 21/3/2026). Esa ambivalencia es útil: nos recuerda que la escena local puede ser generosa pero también frágil frente a la lógica de proyectos internacionales y herramientas tecnológicas extranjeras. Además, el diagnóstico de ‘realidad hackeada’ conecta con la volatilidad geopolítica reciente; no es casual que eventos imprevisibles como el impacto de un proyectil en Jerusalén hayan ocupado titulares globales en marzo de 2026, recordándonos la rapidez con la que cambian los marcos públicos (ver nota relacionada). Para responder a esta nueva era proponemos dos prioridades: primero, políticas culturales que exijan transparencia sobre los softwares usados en piezas y colecciones; segundo, datos públicos y evaluables sobre experimentos que cruzan arte y tecnologías, para que la discusión no quede reducida a metáforas. Sin esos instrumentos, la imaginación seguirá siendo un terreno donde pocos definen mundos para muchos.

Caminar entre la extinción y la herencia es el lugar donde, según Villar Rojas, puede nacer algo nuevo. Nosotros vemos en esa dirección una llamada a la humildad, pero también a la regulación y a la exigencia de datos.