Uno de los pocos lugares del mundo que tienen un museo dedicado al yogur es Studen Izvor (Bulgaría), la patria adolescente de un científico de principios del siglo veinte, Stamen Grigorov. En 1904, Después de casarse, este inquieto estudioso volvió a la Universidad de Ginebra, en donde cursaba estudios de medicina en aquellos momentos. De su país se llevó consigo una cacerola de arcilla –rukatka- llena de yogur a los fines de examinarlo a nivel microscópico. Tan Sólo un año después Grigorov identificó al microorganismo responsable de la fermentación de la leche y su transformación en yogur, una bacteria alargada a la que, posteriormente, se bautizaría Del mismo modo que Lactobacillus bulgaricus
. Su descubrimiento no cayó en saco roto y muy poco tiempo después el biólogo ruso Elie Metchnikoff (1845-1916) posteó un libro en el que asociaba la ingesta de este producto lácteo a una mayor longevidad, tal y De La misma manera que parecía deducirse de los padrones de Ciertas regiones de Bulgaria. Metchnikoff demostró, a su vez, que el yogur era el resultado de la acción de bacterias que convertían el azúcar de la leche en ácido láctico. De venta en farmacias
En 1911 el periódico La Vanguardia publicaba el próxima anuncio: “Leche cuajada Búlgara. Alimento vigoroso, desinfectante intestinal recomendado para los enfermos del estómago”. Fueron muchos los pacientes que encaminaron sus pasos cara las boticas para hacer ante a sus “perezas estomacales” y sus “empachos gástricos” con aquel novedoso remedio balcánico. A este nuevo paradigma terapéutico se irían añadiendo tímidamente el resto de las provincias del país. En una farmacia de la madrileña puerta del sol se podía adquirir el Yoghourt-Cit del doctor Torres Canal a setenta y cinco céntimos. Pero no fue Madrid Sino más bien más bien que la Barça modernista la que acogió a Isaac Carasso (1874-1939), un judío serfardí procedente de Salónica que huía de la Guerra Ítalo-turca y que revolucionaría la fabricación del yogur. Ya antes de afincarse en España había pasado un tiempo en Lausana, donde tuvo contacto con un grupo de albaneses que se dedicaban a la elaboración del lácteo. Posteriormente, conoció a Metchnikoff en la capital transalpina, en el horario era el directivo del Instituto Pasteur, un partido decisivo del que surgiría la semilla empresarial. Carasso arrancó en Barca su aventura elaborando yogures en un laboratorio que ensambló en su propio domicilio, en el carrer dels Àngels. Debido al respaldo que Halló en el bacteriólogo Jaime Ferrán y en la escuela de médicos pudo comercializar sus yogures en farmacias y hospitales con el lema: “Alimento potente y reconstituyente para el estómago y los intestinos”. Pedro Gargantilla es médico internista del Sanatorio de El Escorial (La capital de España) y autor de Varios libros de divulgación
La bacteria búlgara que revolucionó nuestros postres
Uno de los pocos lugares del mundo que tienen un museo dedicado al yogur es Studen Izvor (Bulgaría), la patria adolescente de un científico de principios del siglo veinte, Stamen Grigorov. En 1904, Después de casarse, este inquieto estudioso volvi...