Un estudio privado realizado por JRPass y citado por La Nación el 15 de marzo de 2026 encontró 436 unidades formadoras de colonia (UFC) en pasaportes, un valor que según el informe supera claramente al de teléfonos, zapatos y equipaje analizados en el mismo muestreo (La Nación, 15/3/2026). Este dato es la base de la preocupación mediática: si los documentos que tocamos para volar concentran más bacterias, ¿qué deberíamos cambiar al viajar? Aquí observamos el hallazgo, sus límites metodológicos, y lo que conviene hacer en la práctica.

¿Qué mide realmente ese número y qué faltó decir?

El detalle que lo pinta todo es la medida: 436 UFC indica crecimiento bacteriano en cultivo, pero no dice qué especies ni si son patógenas; además, el estudio fue realizado por un proveedor privado y no aparece como revisión por pares (JRPass citado en La Nación, 15/3/2026). Los cultivos cuantifican bacterias cultivables pero dejan fuera microbios que no crecen en esas condiciones, y las condiciones de incubación influyen en los resultados. Por eso es legítimo utilizar este estudio como alarma temprana, pero también exigir transparencia metodológica: número de muestras, controles, puntos de muestreo y protocolos de incubación para poder comparar con otros trabajos y evaluar riesgo real.

¿Debemos preocuparnos al viajar?

No es necesario entrar en pánico, pero sí actuar con sentido práctico: los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades recomiendan lavarse las manos al menos 20 segundos y usar desinfectante con al menos 60% de alcohol cuando no hay agua y jabón (CDC). El lavado de manos contribuye a reducir enfermedades diarréicas en aproximadamente 30% y las infecciones respiratorias en torno a 16-21% según estimaciones de salud pública (CDC). Además, las pautas de la CDC y de organismos sanitarios insisten en no tocarse la cara con manos sin lavar; esa es la vía más plausible para que una bacteria o virus pase de una superficie al organismo.

¿Y en los aeropuertos argentinos, qué cambia?

Cuando hablamos de aeropuertos locales conviene recordar que los controles y procedimientos varían pero la lógica es la misma: minimizar contactos y cuidar documentos. Si el pasaporte se daña, el Departamento de Estado de EE.UU. advierte que podría impedirse el embarque; además, el pasaporte de adulto en EE.UU. tiene validez de 10 años, un dato práctico para quien lo cuida (U.S. Department of State). La renovación en línea fue habilitada a partir de 2025 para ciertos trámites, según la nota citada (La Nación, 15/3/2026), un cambio temporal frente a años anteriores en los que el trámite era mayoritariamente presencial. En Argentina, la operativa aeroportuaria atraviesa tensiones laborales y de gestión que influyen en flujos y tiempos —ver la conciliación reciente con controladores aéreos— y eso también altera la exposición de los viajeros al manipuleo de documentos (ver nota previa).

Cómo reducir riesgos y cuidar el pasaporte sin perder la cordura

El consejo práctico es sencillo y barato: mantener el pasaporte en una funda limpia, evitar apoyarlo en superficies públicas, y sanitizar manos antes y después de manipularlo. El uso ocasional de guantes no sustituye al lavado de manos y puede dar falsa sensación de limpieza; el alcohol al 60% o más sí es eficaz para manos cuando no hay agua y jabón (CDC). Además, conservar una copia digital no reemplaza el original en la mayoría de los controles, así que proteger la integridad física del documento sigue siendo crucial. Desde una perspectiva cívica y de política pública, lo que nadie cuenta es que los estudios privados pueden encender alertas útiles, pero para convertir esas alertas en medidas —campañas de higiene en aeropuertos, protocolos de manipulación por parte del personal— necesitamos datos abiertos: muestras, metodología y, cuando corresponda, revisión independiente. Si no lo tenemos, queda la prevención razonable y la demanda de transparencia.

Camila Goldberg