Hoy el dato es claro: según Sapien Labs, en la edición 2025 casi la mitad de los adultos jóvenes (18-34) con acceso a internet sufre problemas de salud mental que afectan su capacidad para desenvolverse en lo cotidiano (Sapien Labs, 2025; reportado por LA NACION, 26/2/2026). Observamos una paradoja argentina: el país registra un MHQ de 74 —por encima del promedio mundial de 66— pero la capacidad para afrontar retos diarios cae precisamente entre los más jóvenes (Sapien Labs, 2025). Esto no es sólo una etiqueta clínica: se traduce en menor productividad, dificultades para estudiar, trabajar y sostener vínculos.

¿Qué dice la medición y qué tan confiable es?

El relevamiento global incluyó 1.156.207 respuestas iniciales y, tras criterios de exclusión, analizó 768.448 encuestas válidas (Sapien Labs, 2025). El MHQ es una métrica compuesta que agrega 47 ítems sobre habilidades emocionales, sociales y físicas; su escala va de -100 a 200, y el promedio mundial fue 66 en 2025 (Sapien Labs, 2025). En Argentina participaron más de 23.000 personas y, para focalizar, 6.012 eran de 18 a 34 años versus 17.678 de más de 55 (LA NACION citando Sapien Labs, 26/2/2026). No estamos frente a una lectura simple de depresión o felicidad: el índice busca medir la capacidad de funcionar en la vida diaria. Eso aumenta su utilidad para diseñar políticas, pero trae limitaciones: la muestra es online, exige conectividad y autoselección, por lo que las conclusiones aplican a la población con acceso digital (Sapien Labs, 2025). Aun así, la magnitud y la continuidad de la tendencia —por sexta edición anual— obligan a prestar atención.

¿Por qué a los jóvenes les cuesta más y qué factores aparecen?

El equipo identificó cuatro factores explicativos que pueden orientar intervenciones: lazos familiares, edad de acceso al primer smartphone, espiritualidad y consumo de alimentos ultraprocesados (Sapien Labs, 2025). En Argentina, el 57% de los participantes menores de 35 dijo consumir ultraprocesados regularmente, frente al 31% de los mayores de 55 (Sapien Labs, 2025; LA NACION, 26/2/2026). La edad promedio de primer smartphone en Argentina se ubica entre los 12 y 13 años, y los nacidos desde 2010 lo reciben en promedio dos años antes, lo que empuja al país al puesto 13 de 79 medidos en este ítem (Sapien Labs, 2025). Además, aunque Argentina figura alto en densidad de vínculos familiares (70% declaró cercanía con familiares y amigos), la relajación de otros factores —menor espiritualidad y peor dieta— aparece asociada con puntuaciones MHQ más bajas. Observamos una comparación temporal: las habilidades de los jóvenes cayeron de manera abrupta en la pandemia y no se recuperaron plenamente desde entonces (Sapien Labs, 2025).

¿Qué se puede hacer desde la política pública?

La lección central es doble y técnica: primero, hay palancas concretas que pueden modificarse; segundo, es imprescindible medición pública y datos abiertos para diseñar respuestas eficaces. Por ejemplo, campañas escolares y comunitarias para promover dieta basada en alimentos frescos (el 57% de consumo de ultraprocesados entre menores de 35 es una señal de alarma, Sapien Labs, 2025) deben complementarse con regulaciones de marketing y etiquetado claro. Controlar la edad de acceso al smartphone requiere protocolos escolares y guía familiar —no solo discursos— porque la exposición temprana está asociada a riesgo psicosocial en la adultez (Sapien Labs, 2025). Además, si la fortaleza de los vínculos familiares es un recurso local (70% de cercanía, Sapien Labs, 2025), conviene diseñar políticas que lo potencien: horarios laborales compatibles con la vida familiar, espacios comunitarios y programas que incentiven el tiempo compartido.

Las intervenciones no pueden ser solo más profesionales de la salud mental; Sapien Labs no encontró correlación entre densidad de psiquiatras y mejor MHQ (Sapien Labs, 2025). Por eso defendemos políticas públicas integradas, basadas en datos abiertos y planificación intersectorial: salud, educación, regulación alimentaria y políticas digitales. Si lo que nadie cuenta es que intervenimos sobre factores cotidianos —lo que comemos, a qué edad nos conectamos, cuánto tiempo pasamos con la familia—, entonces ahí está la política que puede revertir la tendencia. Observamos que la crisis es generacional, pero no necesariamente irreversible: hay palancas con evidencia para actuar ya (Sapien Labs, 2025).