En un salón con alfombra gris y collares que imitan patas, un grupo practica movimientos en cuatro patas. El detalle que lo cambia todo: nadie lo presenta como un juego; lo llaman aprendizaje de identidad. La escuela que se publicita como la primera “therian” de Argentina —según la nota divulgada— no es solo una curiosidad: es un mapa de cómo internet, la necesidad de pertenencia y la precariedad de los circuitos de acompañamiento convergen.
¿Qué es el fenómeno?
Si no lo conoce, acá va: el término “therian” describe a personas que sienten una identidad parcial o totalmente no humana. En la práctica contemporánea eso se traduce en rituales, lenguaje y prácticas corporales que funcionan como tecnologías de identificación y socialización. La escuela dice dar estructura a esos aprendizajes; lo que vemos, sin embargo, es a una comunidad trasladando a lo presencial dinámicas que nacen y se consolidan en la red.
Lente del outsider y de cultura
Visto desde afuera, lo más llamativo es la literalidad: cuerpos que ensayan comportamientos animales en espacios urbanos. Pero desde la lente cultural, lo importante no es el gesto en sí sino lo que lo motiva: búsqueda de sentido, rechazo a categorías normativas y, muchas veces, demanda de reconocimiento. Internet ofrece manuales, foros y modelos de rituales que antes circulaban solo en círculos cerrados. Argentina tiene hoy alrededor de 46.044.703 habitantes (INDEC, Censo 2022), con un crecimiento de aproximadamente 14,7% respecto al censo de 2010 (INDEC, 2010 vs 2022); en ese país de casi 46 millones, cerca de 38 millones usan internet (≈83% de la población) (DataReportal, 2024), lo que explica la velocidad con la que subculturas pequeñas se vuelven visibles.
Lente del detalle: la pedagogía del ritual
El detalle que pinta todo: la forma en que se enseña. No siempre se trata de instrucciones lúdicas; hay códigos de pertenencia, ejercicios de vocalización y reglas de convivencia. Esa forma de “pedagogía” interviene en cuerpos y emociona a quienes buscan comunidad estable. El riesgo aparece cuando prácticas que nacen en la intimidad de subforos se institucionalizan sin redes de protección ni marcos regulatorios.
Lente de internet y salud pública
Las plataformas facilitan visibilidad, pero también exposición. La salud mental no es un decorado: la Organización Mundial de la Salud reporta que más de 280 millones de personas viven con depresión a nivel global (WHO, 2021), y los servicios de atención siguen siendo desiguales. La confluencia de demandas identitarias, búsqueda de rituales y falta de acompañamiento profesional puede convertir espacios comunitarios en sustitutos de servicios que deberían ofrecer sistemas de salud y educación. Si bien no hay cifras sólidas sobre cuántas personas se identifican como therian en Argentina —ese dato no está disponible públicamente—, la existencia de una escuela es una señal de que la demanda de reconocimiento y ritualización existe y merece atención.
¿Qué política pública corresponde?
La priorización política debe ser técnica y sostenida: alfabetización digital que enseñe a distinguir entre comunidades seguras y espacios dañinos; formación profesional de salud mental con conocimientos sobre identidades no normativas; y regulación de actividades presenciales que ponga normas de cuidado sin estigmatizar. Nuestra posición previa sobre tecnología y política pública lo resume: la alfabetización digital y el diseño de plataformas requieren debate técnico riguroso y acciones sostenidas, no gestos performativos. La misma regla aplica aquí: la reacción pública no puede quedarse en titulares o en propuestas simbólicas.
Cierre: más preguntas que respuestas
Lo que nadie cuenta es que fenómenos como la escuela therian obligan a repensar tres cosas a la vez: qué entendemos por comunidad, cuánto delegamos en el internet la resolución de carencias afectivas y cuál es el papel del Estado cuando lo que surge en redes pasa a formatos presenciales. La noticia no es solo la anécdota; es la intersección entre identidades emergentes, brechas en servicios y una esfera pública que todavía no aprendió a responder con técnica y respeto. Caminar a cuatro patas puede ser un gesto íntimo; convertir ese gesto en política exige, por lo menos, conversaciones informadas y acompañamiento real.