Los suplementos dietéticos mueven una industria que fue valuada en US$ 209,52 mil millones en 2025 y que, según Grand View Research, proyecta alcanzar US$ 393,56 mil millones en 2033, con una tasa anual compuesta del 8,1%. Esto nos dice dos cosas de entrada: hay demanda creciente y hay dinero suficiente como para exigir reglas claras.

¿Quién los toma y por qué?

Vemos tres grandes grupos: personas con deficiencias detectadas, deportistas y consumidores que buscan prevención o bienestar cotidiano. En el primer grupo la indicación profesional es la regla; en el segundo, suplementos como la creatina se dosifican según la actividad: se recomienda concentrar la toma entre 30 y 60 minutos antes del entrenamiento y el pico en sangre ocurre alrededor de 1 hora después, según especialistas en nutrición deportiva. En el tercero, la oferta de multivitamínicos y mezclas sin diagnóstico suele responder más al marketing que a la evidencia. Por eso la recomendación clínica importa: los complejos multivitamínicos no están indicados de rutina en adultos sanos, según referentes citados en la nota original.

¿Qué dicen los números y la evidencia?

No todos los suplementos son iguales desde la evidencia. La Biblioteca Nacional de Medicina de EE. UU. destaca que la vitamina C es hidrosoluble y se suele aconsejar por la mañana con alimentos para mejorar tolerancia; MedlinePlus indica que el hierro se absorbe mejor con el estómago vacío y que no se debe tomar con lácteos ni calcio, aconsejando esperar al menos 2 horas. La Clínica Mayo recomienda tomar melatonina 1 a 2 horas antes de acostarse por su relación con el ciclo luz-oscuro. Estos tiempos importan porque cambian la absorción y los efectos adversos. Al mismo tiempo, la mayoría de las formulaciones que se venden masivamente no tiene ensayos clínicos robustos que justifiquen su uso en población sana; la evidencia por ingrediente es heterogénea y, en muchos casos, modesta.

¿Cómo impacta esto en el mercado argentino?

Tenemos un vacío de datos locales públicos: no existe, hasta donde encontramos, un registro consolidado y accesible que detalle volumen de ventas por categoría, consumo por edad o reportes de eventos adversos en la población argentina. Ese faltante es problemático: un mercado global que crece a un 8,1% anual (Grand View Research) puede traducirse en más productos importados y más ventas online en la Argentina sin controles proporcionales. La autoridad sanitaria local, ANMAT, regula y fiscaliza, pero la transparencia sobre ventas, controles y alertas no siempre es suficiente para que el consumidor promedio tome decisiones informadas. Por eso pedimos datos públicos sobre prevalencia de uso, controles de calidad y reportes de reacciones adversas.

¿Qué podemos pedir como consumidores y qué debe exigir la política?

La primera regla individual sigue siendo consultar a un profesional antes de empezar una suplementación. Además exigimos transparencia institucional: ensayos clínicos públicos cuando un producto se promocione con efectos de salud, etiquetado claro con formas y dosis activas, y canales públicos y accesibles para denunciar efectos adversos. Necesitamos también que las autoridades publiquen estadísticas periódicas sobre ventas y eventos adversos, y que las plataformas de comercio electrónico controlen certificados de calidad. La salud preventiva no es una moda; es una responsabilidad colectiva. Si el mercado factura miles de millones, debe poder demostrar con datos y control que lo que ofrece no pone en riesgo a quien consume.

Camila Goldberg